Hay una semana concreta de octubre en la que la casa deja de ser acogedora y pasa a estar simplemente fría. No hace un frío de abrigo, pero sí ese fresco húmedo que se te queda en los pies a las ocho de la tarde. Este año la conversación se repite en muchos portales: las comunidades están retrasando el encendido de la calefacción central para contener el gasto, y quienes vivimos en pisos con caldera comunitaria no decidimos la fecha. La buena noticia es que el tramo que va de ahora al primer día de radiadores se puede vivir bastante bien si trabajas la sensación térmica en lugar de pelearte con el termostato que no tienes.
Primero, el frío que entra sin que lo veas
Antes de pensar en mantas, dedica media hora a buscar corrientes. Pasa la mano por el marco de las ventanas, por el borde inferior de la puerta de entrada y por la rendija del buzón si lo tienes en casa. Donde notes aire, hay pérdida de calor constante. Las burletes adhesivas de espuma o de caucho se colocan en diez minutos y no requieren obra; en la puerta principal, un burlete bajo o incluso un cojín alargado hace una diferencia sorprendente en el recibidor, que suele ser el punto más frío del piso.
Las persianas y las cortinas son el otro frente. De día, si entra sol, súbelo todo: una fachada orientada al sur regala calor gratis durante unas horas. En cuanto anochece, baja persianas y cierra cortinas, mejor si son de tejido grueso y llegan al suelo. El aire que queda atrapado entre el cristal y la tela actúa como una capa aislante improvisada.
La ropa de casa es el radiador más barato
Suena obvio y, sin embargo, mucha gente pasa octubre en camiseta dentro de casa y luego se queja del frío. El calor corporal se escapa sobre todo por los pies y por la nuca. Unos calcetines de lana gruesos, zapatillas con suela cerrada y una prenda de cuello alto cambian la percepción de la temperatura mucho más rápido que cualquier aparato. En casa he adoptado una norma tonta pero eficaz: si tengo frío, primero una capa más, y solo después pienso en enchufar algo.
Las alfombras cuentan igual. Un suelo de baldosa o de gres chupa calor de forma continua; una alfombra en la zona donde realmente estás, aunque sea pequeña y barata, corta ese efecto. Lo mismo con el sofá: una manta doblada en el respaldo acaba usándose todas las noches.
Calor en una habitación, no en toda la casa
Mientras no haya calefacción central, intentar templar ciento veinte metros cuadrados es tirar dinero. Es mucho más razonable elegir la estancia donde pasáis la tarde y concentrar ahí el esfuerzo: puerta cerrada, cortina echada, una fuente de calor puntual si la tenéis y el resto de habitaciones con las puertas cerradas para que el aire frío no circule. Si usáis un radiador eléctrico o un calefactor, no lo dejéis funcionando en una habitación vacía ni mientras dormís, y mantenedlo lejos de cortinas, mantas y ropa tendida.
Los dormitorios piden otra estrategia: no calor ambiental, sino cama bien hecha. Una funda nórdica con relleno adecuado a la estación, una sábana de franela o un edredón fino extra a los pies resuelven la noche sin gastar nada. Dormir en una habitación fresca y bien tapada suele ser más cómodo que dormir en una habitación caldeada y seca.
Ventilar sin dejar la casa helada
La tentación de no abrir las ventanas en otoño es grande, pero el aire cargado y la humedad que generamos cocinando, duchándonos o tendiendo dentro de casa son el origen de las manchas de moho en las esquinas. La forma eficiente es ventilación cruzada y corta: abrir de par en par dos ventanas enfrentadas entre cinco y diez minutos, cerrar y listo. Se renueva el aire sin que paredes y muebles pierdan el calor acumulado, que es lo que de verdad cuesta recuperar.
Tender dentro merece su propio truco: hazlo en la habitación más ventilada, con la ventana entreabierta un rato, y nunca encima de un radiador cuando por fin lo enciendan. La humedad que sueltas ahí vuelve en forma de sensación de frío pegajoso.
¿A cuántos grados debería estar la casa para estar cómoda?
En las zonas de día, la mayoría de las personas se encuentran bien entre diecinueve y veintiún grados, y en los dormitorios un poco menos, porque dormimos mejor con algo de fresco. Más que perseguir una cifra exacta, fíjate en la humedad y en las corrientes: una casa a veinte grados con aire seco y ventanas selladas se siente mucho más cálida que una casa a veintidós con una rendija soplando bajo la puerta.
¿Es mejor dejar la calefacción puesta todo el día a temperatura baja?
Cuando la calefacción es comunitaria, esa decisión no está en tus manos y conviene preguntar directamente en la administración por el horario previsto. Si tienes caldera individual, lo habitual es que funcione mejor una temperatura estable y moderada durante las horas en que la casa está ocupada, con una bajada por la noche y cuando no hay nadie, en lugar de apagones largos seguidos de encendidos muy fuertes que obligan al sistema a trabajar al máximo.











