Hay una diferencia enorme entre amar el movimiento y estar obligado a moverse. Yo la aprendí en el colegio, y tardé años en recuperarme de esa lección.
Fui parte de la primera generación de estudiantes que tuvo cinco horas semanales de educación física obligatoria. El objetivo era claro: fomentar hábitos saludables desde la infancia. Pero lo que viví fue algo muy distinto: una rutina forzada que, con el tiempo, me alejó del ejercicio en lugar de acercarme a él.
Un cuerpo sudado y dos horas más de clase por delante
Las condiciones importan. Y en la mayoría de los colegios, las clases de educación física no venían acompañadas de duchas privadas, ni de tiempo suficiente para asearse antes de volver al aula.
Recuerdo perfectamente esas mañanas: terminar la clase, rociarme de desodorante en el vestuario y sentarme el resto del día con la ropa húmeda y la incomodidad pegada al cuerpo. Cuando la primera hora del día era gimnasia, esa sensación te acompañaba hasta el último timbre. No era motivador. Era agotador.
Cuando el movimiento se convierte en obligación
De las cinco horas semanales, tres estaban integradas en el horario habitual y dos eran sesiones de tarde, en formato de "deporte doble". Las opciones para elegir eran muy limitadas.
Así fue como terminé en clases de danza tradicional. No porque me apeteciera explorarla, sino porque era el único hueco disponible. Y esa diferencia lo cambia todo.
La variedad de actividades podría haber sido una oportunidad valiosa. Para mí, fue una imposición, no un descubrimiento.
Había clases a las que llegaba con el estómago encogido. Hubo días en que lloré antes de entrar. Y esa experiencia me dejó una marca duradera: durante años, fui incapaz de disfrutar de cualquier forma de baile sin que me volviera esa sensación de angustia.
No todos los niños encuentran su sitio en el mismo deporte
Hay actividades que sí disfruté. El voleibol, por ejemplo, me gustaba de verdad. Me sentía cómoda, encontraba mi lugar en el equipo y las clases se me pasaban rápido.
Pero las de baloncesto eran otra historia. Ir a esas sesiones era una carga emocional real. Simplemente no entendía qué hacía yo allí. La respuesta, al parecer, era que soy alta, y alguien decidió que eso bastaba para que fuera buena en baloncesto. Nadie preguntó si me gustaba. Nadie pareció importarle que no lo disfrutara.
El movimiento no significa lo mismo para todos los niños. Lo que para uno es una fuente de alegría y éxito, para otro puede convertirse en ansiedad y rechazo duradero.
Y sin embargo, creo firmemente que cada persona puede encontrar una forma de moverse que le guste, o al menos que no viva como un castigo. Las clases donde había varias opciones entre las que elegir —donde no todos teníamos que hacer exactamente lo mismo— son las que recuerdo con más cariño. Esa flexibilidad marcaba toda la diferencia.
Cuando los recuerdos del colegio frenan al adulto
Se supone que la educación física debe despertar el amor por el movimiento y sentar las bases de un estilo de vida saludable. En mi caso, ocurrió lo contrario: esas experiencias negativas me pesaron durante años. De adulta, hubo épocas en las que me costaba mucho retomar el ejercicio regular, y parte de esa resistencia venía de lo que había vivido en el colegio.
Es una experiencia personal, lo sé. Pero creo que vale la pena tomársela en serio: lo que vivimos en la escuela puede moldear nuestra relación con muchas cosas durante toda la vida. El ejercicio es una de ellas.
Un sistema que merece replantearse
No dudo de que detrás de la educación física obligatoria hay una intención genuina: promover la salud, el movimiento y la constancia. Pero la forma en que se implementa es tan importante como el objetivo en sí.
Un sistema más flexible, con más opciones reales entre las que elegir y mayor atención a las necesidades individuales de cada alumno, podría marcar una diferencia enorme. No se trata de eliminar la educación física, sino de hacerla mejor.
Porque si lo que queda no es el placer de moverse, sino la sensación de obligación, el sistema habrá fallado en su propósito más esencial.
¿Cómo podría ser la educación física una experiencia que acerque a los niños al movimiento a largo plazo, en lugar de alejarlos de él?
Más opciones, menos imposición
Uno de los problemas del modelo actual es que, entre las horas obligatorias y el cansancio acumulado, muchos estudiantes tienen menos tiempo y energía para buscar por su cuenta actividades que realmente les gusten: un club deportivo, una clase de baile elegida libremente, una tarde en bicicleta.
Sería mucho más valioso vivir la educación física como una oportunidad, no como una tarea pendiente. Con más alternativas, marcos más flexibles y una mirada real hacia lo que cada alumno necesita.
Si pudiera darle un consejo a mi yo de hace quince años, sería este: no dejes que las clases de gimnasia que odias te roben las ganas de moverte. Sal a caminar, monta en bici, baila como te apetezca, haz ejercicio con los vídeos que te gusten. Porque con el tiempo, tu relación con el movimiento puede afectar tu salud de formas que todavía no imaginas. Y merece la pena cuidarla.











