Hace poco conversaba con una amiga que me contó que tuvo un choque con su esposo. No entraré en detalles sobre el motivo, pero te adelanto: en ese tema, sin duda, le di la razón a ella. Sentí que él debería ceder, entender y adaptarse.
Luego dijo algo que me dejó sin aliento. Con una sonrisa cómplice, añadió:
“Le dije que no iba a acostarme con él hasta que esto se resolviera.”
Entendí lo que quería lograr. Y también comprendí emocionalmente que estaba enojada, decepcionada, y deseaba que la tomaran en serio. Pero al escucharlo, sentí que algo iba muy mal. No porque una mujer tenga “la obligación” de tener sexo con su pareja —eso no existe.
Lo que pasaba es que no se trataba de que ella no tuviera deseo, no se sintiera segura o necesitara tiempo para recuperar la confianza y disfrutar la cercanía física. Ese no era su problema, y como explicó, no fue por eso que decidió no acostarse con su esposo. Sino porque convirtió el sexo en una herramienta. Un castigo. Una forma de chantaje.

Es importante hacer una distinción. Está bien que en una pareja la relación se tense y uno o ambos sientan que no pueden o no quieren tener intimidad en ese momento.
La intimidad es confianza, conexión y vulnerabilidad. Cuando eso se quiebra, es natural que el cuerpo se cierre.
Si alguien tiene una razón emocional para decir que no, no es manipulación, es autoprotección. Eso no solo debe aceptarse, sino respetarse.
El sexo como herramienta de chantaje
Pero cuando la privación sexual no nace de una necesidad interna, sino que se vuelve una herramienta consciente —“solo tendrás sexo conmigo si haces lo que yo quiero”—, algo muy tóxico entra en la relación. Porque entonces el sexo deja de ser un placer compartido, un encuentro, y se convierte en una negociación. Recompensa o castigo.
Y con eso, sin decirlo, transmitimos: el sexo no es importante para nosotras. No somos nosotras quienes deseamos. Solo “lo damos” — al otro. Como si nosotras, las mujeres, no fuéramos seres sexuales. Como si el deseo, el placer y el goce del cuerpo fueran privilegios exclusivos de los hombres, y nosotras solo pudiéramos administrar, repartir o retener.
Este pensamiento es inquietantemente familiar. Es la misma lógica que durante siglos dijo: el cuerpo de la mujer es moneda de cambio. Su único valor para tener algún poder en el mundo.

¿La mujer solo da y el hombre recibe?
En el matrimonio, en la relación, se supone que el sexo es una recompensa por “buen comportamiento” y solo le corresponde al hombre, mientras que la mujer lo permite, lo tolera o, en el peor de los casos, lo sufre. Y aunque nos guste creer que ya superamos eso, cuando convertimos el sexo en una transacción, en realidad retrocedemos a ese oscuro y polvoriento pasado.
La revolución sexual no se trató —o al menos no solo— de poder tener sexo “más libremente”. Se trató de que el sexo sea un espacio compartido entre dos (o más) partes iguales. Donde cada uno tiene deseos, necesidades, límites y placeres. Donde no se presta un servicio, sino que se vive un encuentro.
Cuando fingimos que el sexo solo importa para el hombre, nos negamos a nosotras mismas el derecho al deseo. Y cuando usamos nuestro cuerpo como arma, consciente o inconscientemente nos convertimos en mercancía. Y no hay otra forma de llamarlo: en esos momentos, realmente nos prostituimos a nosotras mismas.











