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El consejo de tus padres que odiabas de niño y ahora tú mismo les dices a tus hijos

Farkas Margaréta4 min de lectura
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El consejo de tus padres que odiabas de niño y ahora tú mismo les dices a tus hijos — Familia
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Hay una frase que escuchaste de niño y que te hizo poner los ojos en blanco de inmediato. Quizás incluso juraste que tú nunca la dirías. Que serías diferente. Que lo harías a tu manera. Y entonces, un día, abres la boca y escuchas la voz de tu madre o tu padre saliendo de ti. Las mismas palabras, el mismo tono, la misma situación. Es un momento que da risa, desconcierta y, al mismo tiempo, te deja pensando durante horas. ¿Te resulta familiar?

Por qué odiábamos tanto esos consejos

De niños, los consejos de nuestros padres eran insoportables sobre todo por una razón: nadie nos los había pedido. Llegaban justo cuando más queríamos pensar con nuestra propia cabeza. Y detrás de cada uno había un mensaje silencioso que dolía: que todavía no sabíamos suficiente, que la experiencia valía más que el sentimiento, que ya lo entenderíamos cuando fuéramos mayores.

Ese "ya lo entenderás" era precisamente lo más irritante. No era tanto el contenido del consejo, sino la idea de que otra persona sabía mejor que nosotros lo que nos convenía. A los doce, a los quince, a los diecisiete años, eso resulta intolerable, porque buscar la propia identidad consiste exactamente en eso: descubrir por uno mismo qué es verdad y qué no.

Y entonces, ¿qué pasa?

Pasa que de adultos compruebas que lo que tu madre decía sobre el dinero era cierto. Que hay que cuidar las amistades o se van apagando solas. Que dormir bien no es un lujo. Que no da igual con quién pasas el tiempo. Que hay cosas que no tienen marcha atrás.

Estos no son grandes descubrimientos filosóficos. Son observaciones que se transmiten de generación en generación porque todos chocamos contra las mismas paredes, solo que con distintos zapatos. Y cuando ves a tu hijo en la misma situación en la que tú estuviste, y sabes perfectamente lo que viene después, es casi imposible no decir algo. Aunque sepas que no te va a escuchar.

La frase que más veces regresa

Para cada persona es distinta. Para algunos es el "ya te arrepentirás". Para otros, "no todo el que dice ser tu amigo lo es de verdad". Para muchos, "duérmelo y mañana lo verás de otra manera". Y para otros, simplemente, "yo también lo viví así y se me pasó".

Lo que todas estas frases tienen en común es que hablan de algo que solo se entiende con el tiempo. No se puede explicar, no se puede transferir, solo se puede vivir. Y ahí está la paradoja más hermosa y frustrante de ser padre o madre: conoces la respuesta, pero no puedes ahorrarle el camino a tu hijo.

Por fin entiendes lo que entonces no querías escuchar

Quizás esta sea la diferencia más importante. Cuando repites las mismas palabras que un día aborreciste, no significa que hayas perdido tu esencia ni que hayas traicionado tus principios. Significa que ciertas verdades permanecen igual en todas las generaciones. Vienen de épocas distintas, de experiencias distintas, de padres distintos, y aun así regresan, porque la vida humana es sorprendentemente coherente en algunas cosas: la paciencia, el largo plazo, las relaciones, el hecho de que el calor del momento rara vez es buen consejero.

No dices lo que dices porque te lo enseñaron. Lo dices porque tú mismo has comprobado que es verdad.

En algún lugar de todo esto está una de las sensaciones más extrañas de la vida adulta: darte cuenta de que tus padres estuvieron exactamente aquí. Que sabían lo mismo, que veían lo mismo, y que se sentían igual de impotentes. Solo que entonces eras tú quien no quería escuchar.

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