Cocinar tiene fama de ser una tarea más en la lista del día. Pero, ¿y si fuera también una herramienta para cuidar tu mente? La gastropsicóloga Czecz Fruzsina lleva años estudiando la relación entre lo que comemos, cómo lo preparamos y cómo nos sentimos. Sus respuestas sorprenden, y convencen.
¿Puede cocinar considerarse una forma de terapia?
Según Fruzsina, la respuesta es sí. Cuando estamos bien, cocinar nos permite liberar el estrés, disfrutar de un trabajo visible y satisfactorio. Y cuando necesitamos sanar, puede ser un complemento terapéutico poderoso.
"A través de la cocina vivimos la alegría de crear y de cuidar a otros", explica. "Y cada vez se presta más atención al eje intestino-cerebro: la estrecha relación entre nuestra digestión y nuestra salud mental. Investigaciones recientes han mostrado resultados muy prometedores sobre cómo la alimentación puede ayudar a prevenir la depresión o a reducir sus síntomas."
¿Cómo motivarse cuando sientes que no tienes tiempo?
Si cocinar te pesa como una obligación, el primer paso es simplificar al máximo. Imponerse expectativas inalcanzables es la forma más rápida de fracasar, y eso no solo desmotiva, sino que en momentos de vulnerabilidad también puede afectar la autoestima.
La solución está en buscar recetas de 5 ingredientes o cenas listas en media hora. La rapidez y el poco esfuerzo son motivaciones reales. Y siempre ayuda recordar que cocinar en casa es lo mejor que puedes hacer por tu salud: sabes exactamente qué hay en tu plato y en qué condiciones se preparó.
¿Cómo influye en nuestra creatividad?
Al cocinar, todos los sentidos trabajan a la vez. Colores, aromas, texturas, sabores, sonidos. Ese entorno tan rico en estímulos nos vuelve más creativos casi sin darnos cuenta.
No hace falta inventar un plato revolucionario ni decorar una tarta de varios pisos. La creatividad también se activa cuando tienes que improvisar con lo que hay en la nevera o tomar decisiones rápidas en la cocina. Surgen soluciones que jamás hubieras imaginado, y esa experiencia vale la pena guardarla: puede darte energía y confianza también fuera de la cocina, incluso en el trabajo.
¿Puede enseñarnos a ser más pacientes?
Absolutamente. Fruzsina cuenta que algunas personas usan cocinar como un entrenamiento de paciencia deliberado. Saben que les cuesta esperar, así que se lanzan a preparar un guiso de horas o un pan de masa madre. No hay forma de acelerar el proceso: hay que respetar los tiempos, y solo así el resultado es realmente bueno.
Pero incluso quien no lo busca conscientemente, acaba desarrollando paciencia, concentración y atención plena con la práctica regular en la cocina.
¿Mejora nuestra relación con la comida?
Comer nos acerca a los alimentos, pero cocinarlos nos une a ellos de una manera mucho más profunda. Estamos presentes en todo el proceso: desde planificar el menú hasta elegir los ingredientes y transformarlos.
Lo que hacemos con nuestras propias manos siempre lo valoramos más. Un plato cocinado por nosotros vale más que un pedido a domicilio, porque sabemos el esfuerzo que hay detrás. Eso también refuerza el sentido de gratitud.
Si además compramos directamente a productores locales, ponemos un rostro y una historia detrás de cada sabor. Conocemos el recorrido del alimento desde su origen hasta nuestro plato.
¿Cuándo vale la pena cocinar en compañía?
Siempre que eso traiga alegría, ya sea a ti o a quien te acompaña. Un buen ejemplo es involucrar a los niños. Quizás tardes más y el resultado sea menos perfecto, pero si les gusta estar en la cocina, merece la pena mantener ese interés vivo. Cocinar juntos les ofrece tiempo de calidad y una oportunidad de aprendizaje que va mucho más allá de las recetas.
Entre adultos, una sesión de cocina con amigos o familia puede ser una experiencia memorable. Cada persona aporta algo al éxito colectivo. Dicho esto, también hay momentos en que lo mejor es cocinar en soledad, a solas con los propios pensamientos, dejando que la mente se aclare mientras las manos trabajan.
¿Qué beneficios tiene a largo plazo?
Cocinar para alguien, o junto a alguien, deja huella en la relación. Genera confianza y abre una nueva dimensión para conocer al otro, o incluso a uno mismo. Además, ayuda a vivir en el presente, y puede ser un primer paso hacia el mindfulness o la atención plena.
Y no hay que olvidar el impacto ambiental: procesar, envasar y transportar alimentos consume más energía que producirlos. Cocinar en casa, especialmente una olla grande de sopa, genera muy pocos residuos. Y cuando aprovechamos las sobras, la creatividad vuelve a entrar en juego, cerrando el círculo de una manera que tiene todo el sentido.











