La ciencia avanza y cada vez es más posible elegir no solo si queremos tener un hijo, sino también qué tipo de hijo nacerá. Los estudios genéticos y los avances en fertilización asistida permiten hoy analizar embriones y, según ciertas características, que padres y médicos decidan cuál tendrá la oportunidad de vivir.
Esta posibilidad tiene ventajas humanas muy claras. Por ejemplo, si un embrión tiene una anomalía genética incompatible con la vida, la decisión de padres y médicos puede evitar una historia dolorosa y trágica. Se trata de fetos que morirían en el útero o poco después del nacimiento, a menudo sufriendo y causando un gran dolor a la familia.
Un filtro así parece inevitablemente humano: nadie desea el trauma de perder a un recién nacido que no puede sobrevivir.
Y seamos sinceros, es difícil ver mala intención cuando alguien dice que quiere un hijo sano. Claro que todos los padres lo desean.
¿Dónde trazamos la línea?
El tema se complica cuando la elección va más allá de enfermedades incompatibles con la vida. ¿Qué pasa con los niños que nacerían enfermos pero viables? Por ejemplo, con discapacidad motriz, problemas de visión o audición. O con desarrollo neurodivergente, como autismo, TDAH u otras diferencias neurológicas.
Y si la tecnología ya está aquí, ¿hasta dónde llegarán las demandas de los padres? ¿Nos detenemos en filtrar enfermedades graves? ¿O damos un paso más para "optimizar" al niño? ¿Podemos elegir su sexo? ¿El color de ojos? ¿Su nivel de inteligencia o su talento deportivo? ¿Dónde está el límite entre la responsabilidad médica y los deseos parentales?
"No importa cómo sea, lo amo"
Como padres, es difícil hablar de esto en teoría. Antes de tener hijos, es fácil decir: "solo quiero un hijo sano y haré todo para que lo sea". Pero cuando el niño nace, la perspectiva cambia.
Por ejemplo, si me hubieran preguntado durante mi embarazo si quería un hijo con autismo, probablemente habría dicho que no. ¿Quién respondería que sí a esa pregunta?
Ahora que tengo una hija autista, no la cambiaría por nada ni por nadie. Es perfecta a su manera. Es mi hija, y su personalidad, su visión del mundo y su existencia me han convertido en la persona que soy hoy. Cada día me siento agradecida de ser su madre.
Y creo que muchos padres sienten lo mismo. No porque nieguen las dificultades, sino porque aman a sus hijos tal como son, no por cumplir un ideal predefinido.
Quizás aquí está la clave: aunque todos queremos lo mejor para nuestros hijos, ser padres es aceptar la incertidumbre. No sabemos qué tipo de hijo tendremos. Si tendrá enfermedades, si amará las matemáticas o cantará desafinado. No sabemos qué desafíos o regalos traerá su personalidad.
Tener un hijo siempre implica riesgos y sacrificios. Pero también es la oportunidad de amar incondicionalmente a alguien perfecto tal como es, con sus defectos, dificultades y diferencias.
Por eso creo que, mientras el cribado de enfermedades incompatibles con la vida es comprensible y humano, si sentimos la tentación de "diseñar" a nuestros hijos, quizás no queremos un hijo de verdad. O al menos no estamos listos para la verdadera tarea de la paternidad: aceptar que la vida no siempre sale como planeamos, pero aún así puede ser plena, hermosa y valiosa.











