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Gasto dinero en personas con las que apenas me cruzo en el pasillo: cómo dejé de sentirme obligada a pagar regalos de oficina

Schuster Borka4 min de lectura
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Gasto dinero en personas con las que apenas me cruzo en el pasillo: cómo dejé de sentirme obligada a pagar regalos de oficina — Estilo de vida

Artículo de opinión: Bárbara López

Cuando empecé a trabajar en una oficina después de años como freelance, me encantaba la idea de los regalos colectivos. Cumpleaños, despedidas, baby showers, bodas… todo parecía una forma genuina de construir comunidad. Al menos en teoría.

En la práctica, la magia duró poco. A los pocos meses me di cuenta de que cada semana había algún motivo para pasar el sobre. Alguien cumplía años, alguien se iba, alguien volvía, alguien esperaba un bebé. Y con cada ocasión llegaba el mensaje de siempre al chat del equipo: "¿Te apuntas?"

La cantidad parecía razonable. Cinco euros aquí, diez allá. Nada del otro mundo, en apariencia. Pero llegó un momento en que tuve que abrir una partida específica en mi presupuesto mensual para "regalos de oficina", como si fuera un impuesto que pago simplemente por tener un trabajo.

A finales de mes empecé a hacer cuentas. A calcular cuánto había dado ya y cuánto más podría venir. Y mientras tanto, una sensación incómoda fue tomando forma: esto ya no tiene nada que ver con regalar.

Una obligación que nadie nombra en voz alta

Nadie te dice que es obligatorio. Pero de alguna manera lo parece. La presión está ahí, silenciosa: si todos los demás dan, tú no quieres ser la excepción. Si no te apuntas, se nota. Y si se nota, tienes que explicarte. ¿Quién quiere estar en esa situación en su propio lugar de trabajo?

Durante mucho tiempo, yo tampoco quería. Pagaba cuando me lo pedían, aunque apenas conociera a la persona. Aunque no tuviera ganas. Aunque el mes estuviera apretado. Porque era más fácil seguir la corriente que salirse de ella.

Pero con el tiempo, la dinámica empezó a molestarme cada vez más. No tanto el dinero en sí, sino lo que representaba: el hecho de estar gastando de forma habitual en personas con las que apenas tengo más relación que un saludo en el pasillo. El hecho de que dar se había convertido en un automatismo, y que en ese proceso había desaparecido precisamente lo que hace especial un regalo: la intención personal.

Fue entonces cuando me pregunté en serio por primera vez: ¿qué pasa si simplemente digo que no?

Solo pensarlo me generó resistencia interna. "Va a quedar fatal." "¿Qué van a pensar?" "¿Y si cuando me toque a mí nadie se apunta?" Pero luego me di cuenta de algo importante: la mayoría de esos miedos eran suposiciones. Y aunque fueran reales, ¿de verdad quiero que alguien me regale algo solo porque siente que no le queda otra?

Decidí probarlo

La siguiente vez que llegó el mensaje, no respondí de inmediato. Después, simplemente escribí que esta vez me quedaba fuera. Sin grandes explicaciones, sin disculpas elaboradas. Solo eso: esta vez paso.

Fue un poco incómodo. No hubo ningún drama, pero sí noté que había roto un patrón establecido. Y sí, me quedé unos días pensando en qué dirían los demás.

Lo más sorprendente vino después: varios compañeros se acercaron a decirme que ellos también lo sentían así desde hacía tiempo, pero que nunca habían tenido el valor de no apuntarse.

Eso no significa que ahora nunca participe en un regalo colectivo. Significa que elijo cuándo hacerlo. Si alguien me importa de verdad, si tengo ganas de celebrar ese momento con esa persona, entonces sí. Pero no de forma automática, no por compromiso, no porque toque.

Porque al final, aquí se aplica la misma pregunta que en tantas otras situaciones: ¿dónde están mis límites? El trabajo es una comunidad, sí, pero eso no significa que haya que seguir cada costumbre colectiva sin cuestionarla. Se pueden tomar decisiones propias. Se puede decir que no.

Y a veces, hacer precisamente eso es lo mejor que podemos hacer, para nosotros mismos y, a largo plazo, para el grupo.

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