Llega a casa, se deja caer en el sofá y se queda mirando el móvil, la tele o la tablet. Le preguntas cómo le fue el día y ni levanta la vista. Le dices que quieres contarle algo gracioso y te responde "un momento", pero ese momento nunca termina. Te cansas de esperar y te vas. Él no va a buscarte. Nunca te pregunta qué querías decirle.
Al límite
Llevo todo el día en casa con el bebé de siete meses. Como tuve un embarazo de riesgo y el último mes tuve que guardar reposo, hace más de ocho meses que no salgo a ningún sitio que pueda llamarse ocio o descanso.
El niño tiene cólicos, no duerme —yo tampoco— y llora todo el día. Cada jornada intento sacar adelante la cocina y las tareas del hogar mientras corro al bebé cada cinco minutos. El estilo de vida de mi marido no ha cambiado nada desde que nació nuestro hijo: sigue quedando con sus amigos a tomar algo cada dos semanas, va a las cenas de empresa y en los últimos seis meses ha ido a dos conciertos con entradas que compró "hace mucho tiempo y que no podía perderse".
Yo doy el pecho, así que el bebé no puede estar sin mí. No me quejo de eso porque yo elegí ser madre y quería serlo. Pero cuando este hombre vuelve de su cómoda oficina, se sienta en el sofá, empieza a tocar el móvil y pone mala cara cuando le paso al niño para poder ir a lavarme el pelo por fin, se me va la cabeza.
¡Es que encima pone mala cara, ¿lo entiendes?! Porque él "trabaja todo el día, trae el dinero a casa y yo no le dejo descansar ni un minuto". A veces juro que le daría con algo en la cabeza…
En forma
No tenemos hijos, nunca quisimos tenerlos. Pero cuando empezamos a salir, mi marido tenía abdominales; ahora tiene barriga. Cada mes promete que va a ponerse en forma, pero cuando llego a casa después de entrenar, me lo encuentro hundido en el sillón viendo la tele con una bolsa de patatas fritas vacía al lado. Esa imagen no hace precisamente bien a mi deseo sexual.
La terapia de pareja
En nuestro caso la cosa llegó tan lejos que acabamos yendo a terapia de pareja. Yo me quejé de que él no ayuda en nada, que toda la carga del hogar y de los niños recae sobre mí. Él se quejó de que no le dejo descansar ni un momento y de que me pongo a gritar en cuanto se sienta.
"Mi mujer es alérgica a verme sentado."
Cuando la terapeuta le sugirió que la próxima vez me preguntara en qué podía ayudar, él respondió que la casa siempre está ordenada y que no había nada que hacer. Entonces, con una sonrisa tensa y los dientes apretados, le expliqué que en esos momentos podría perfectamente:
- preparar la cena de los niños o sus bocadillos para el día siguiente,
- vaciar o llenar el lavavajillas,
- separar la ropa sucia y meter una lavadora,
- tender, doblar o planchar (porque siempre hay ropa por planchar),
- fregar la ducha,
- bajar con los niños al parque, porque son también sus hijos, no solo los míos.
Él creía que todas esas cosas se hacían solas. Tuve que explicarle que soy yo, el duendecillo trabajador, quien lo hace todo mientras él descansa en el sofá.
La cuestión del instinto
Me puse a investigar y resulta que hay una base evolutiva en todo esto: las mujeres no soportamos a los hombres pasivos. Necesitamos a alguien activo, que cace, que construya, que se mueva. Por eso nos resulta tan difícil soportar a un compañero que solo vegeta en el sofá.
La lección
Mi querido marido tuvo la ocurrencia de decirme, cuando le advertí de que o apagaba la PlayStation ahora mismo o pedía el divorcio, que yo lo tenía más fácil porque yo "simplemente estaba en casa con los niños".
No dije nada —aunque podría haberle matado—. Pero el sábado siguiente me levanté en silencio, me vestí y me fui de casa cuando todavía dormían todos. Le dejé una nota diciendo que volvía por la noche y que él "ya se apañaría" con los niños.
Cuando llegué a medianoche, el hombre había envejecido diez años y solo dijo: "Está bien, mensaje recibido." Desde entonces recomiendo esta lección a todas las madres que conozco.
¿Te sientes identificada?
Estas historias no son casos aislados. La distribución desigual de las tareas del hogar sigue siendo una de las principales fuentes de conflicto en pareja. Si reconoces alguna de estas situaciones en tu relación, puede ser el momento de hablar claro, buscar ayuda profesional o simplemente… dejarle un sábado entero a cargo de todo.
¿Por qué me molesta tanto ver a mi pareja sin hacer nada?
La frustración tiene raíces tanto prácticas como emocionales: cuando una persona siente que carga con todo el peso del hogar y de los hijos, ver al otro descansar sin contribuir genera una profunda sensación de injusticia y soledad.
¿Es normal que el nacimiento de un bebé genere tanto conflicto en la pareja?
Sí. La llegada de un hijo reorganiza completamente la vida cotidiana y pone en evidencia los desequilibrios que antes podían pasar desapercibidos. La falta de sueño y el agotamiento intensifican cualquier tensión preexistente.
¿Sirve de algo la terapia de pareja en estas situaciones?
Según la experiencia recogida en este artículo, la terapia puede ser útil para visibilizar los problemas y facilitar una conversación que en casa resulta imposible. El reto está en que ambas partes reconozcan el desequilibrio real.
¿Hay alguna forma de que el otro entienda la carga sin que acabe en discusión?
Una de las estrategias que aparece en estas historias es la demostración práctica: dejarle a cargo de todo durante un día entero. Según quien lo vivió, fue mucho más efectivo que cualquier conversación previa.











