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Lo mejor que puedo hacer es permitirme estar enfadada

Bárbara López4 min de lectura
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Lo mejor que puedo hacer es permitirme estar enfadada — Estilo de vida

De joven aprendí que la rabia es mala consejera. Las decisiones tomadas desde la ira rara vez son buenas. Una dice cosas de las que luego se arrepiente, rompe vínculos innecesariamente o acaba usando esa energía en su propia contra. Creo que la mayoría lo hemos vivido en algún momento.

Por eso aprendí bastante pronto a poner límites a mi rabia. Pero con el tiempo me fui al extremo contrario. Me esforcé tanto en ser una persona tranquila, serena, "emocionalmente madura", que empecé a convencerme de no estar enfadada incluso cuando tenía todos los motivos del mundo para estarlo. Como si la rabia fuera, en sí misma, algo vergonzoso. Como si la cima del crecimiento personal fuera que nada te afecte de verdad. Y creo que muchas mujeres caemos en esa trampa.

Si una mujer está enfadada, es una histérica

Desde pequeñas nos enseñan que las emociones negativas no quedan bien. Un hombre enfadado es alguien con carácter. Una mujer enfadada es histérica, difícil, demasiado sensible, agresiva o "tóxica".

Desde muy jóvenes aprendemos a ser amables, a adaptarnos, a sonreír, a no dar problemas. A no montar escenas. A soltar las cosas. A ser más generosas.

Y a todo esto se suma la espiritualidad de internet y la cultura mindfulness reducida a eslóganes que inunda las redes sociales. Ese tipo de contenido "zen", de "alta vibración" y "fluir con la vida" que habla de las emociones como si lo peor que pudiera pasarnos fuera sentir algo negativo. Como si la respuesta a cualquier problema fuera respirar hondo, soltar, elegir la paz y no "vibrar bajo".

Que conste: no tengo nada en contra de meditar, vivir con más consciencia o intentar no actuar desde los impulsos. El problema empieza cuando esas ideas —originalmente mucho más complejas— se convierten en autocensura con purpurina, optimizada para redes sociales. Cuando el objetivo ya no es tener una relación sana con nuestras emociones, sino deshacernos de cualquier incomodidad lo antes posible.

Así es como acabamos en situaciones donde nuestra rabia sería completamente legítima, pero nos apresuramos a apagarla de todas formas. E incluso sentimos culpa por ello. Porque no hemos sido capaces de superar al instante que la compañera con menos talento pero más labia se haya llevado el ascenso. Porque le hemos pedido cuatro veces a nuestra pareja que ponga el lavavajillas y seguimos siendo nosotras las que remojamos la sartén con el huevo pegado. Porque alguien nos ha dado una lección con toda la confianza del mundo sobre un tema que conocemos mucho mejor que él.

En esos momentos, muchas mujeres no solo se enfadan, sino que inmediatamente empiezan a sentirse culpables por estar enfadadas. "No debería alterarme tanto." "Seguro que estoy exagerando." "¿Por qué no puedo simplemente dejarlo ir?" Y sí, a veces hay que soltar las cosas. Pero hay una diferencia enorme entre soltarlas porque las hemos procesado y soltarlas porque hemos aprendido a tragarnos nuestras propias emociones por reflejo.

La rabia no es una emoción agradable. A mí tampoco me gusta estar enfadada. No hace bien vivir instalada en ella, y no es sano dejar que amargue la vida. Pero aun así, la rabia tiene todo el derecho de existir. Más aún: creo que hay mil situaciones en el mundo actual donde la rabia es la única respuesta emocional coherente. Enfadarse cuando te tratan injustamente. Enfadarse cuando te explotan. Enfadarse cuando alguien cruza tus límites. Eso no son defectos. Son señales.

No quiero seguir suprimiéndola

Últimamente he tomado la decisión consciente de dejar de suprimir automáticamente esas señales. No quiero seguir aplastando con citas inspiradoras lo que en realidad puede ser información valiosa sobre lo que no funciona en mi vida. Porque me he dado cuenta de que cuando no intento empaquetar mi rabia sino entenderla, se convierte en algo completamente distinto. Deja de ser una fuerza destructiva y se vuelve energía. Motivación. Algo capaz de ponerme en movimiento.

Mi rabia es mía. Yo decido qué hacer con ella. Puedo dejar que envenene mi vida. Puedo intentar suprimirla y negar su existencia. O puedo vivirla, explorar su raíz y usarla para cambiar las cosas. Cuando lo hago así, se liberan recursos que no sabía que tenía.

Quizás no es casualidad que a lo largo de la historia la rabia femenina haya dado tanto miedo. Antes quemaban a nuestras antepasadas por ello. Hoy el método es más sofisticado: simplemente intentan vendernos que la mujer "evolucionada" ya no siente esas cosas. Pues bien, eso a mí ya me enfada. Y creo que está perfectamente bien.

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