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Mi hija escribió "LOL eres una inútil" en YouTube: así enseño empatía a mis hijos

Szőke Angéla4 min de lectura
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Mi hija escribió "LOL eres una inútil" en YouTube: así enseño empatía a mis hijos — Familia
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Toda madre quiere criar a una buena persona. Pero a veces los hijos nos dan un susto que nos hace replantear todo lo que creíamos estar haciendo bien.

El problema empieza frente a la pantalla

Los niños de hoy pasan cada vez más tiempo pegados a dispositivos, y eso tiene un coste real en sus habilidades sociales. Lo he visto en casa: mi hijo capaz de enviar diez emojis llorando de risa con cara totalmente inexpresiva. O mi hija chateando con una amiga que acababa de romper con su novio, mandándole un par de emoticonos tristes y, acto seguido, tirando el móvil al sofá para preguntarme qué había de cenar.

Recordé que cuando yo tuve mi primera ruptura seria, mi mejor amiga lloró conmigo. Y tuve que aceptar, con cierta tristeza, que ese nivel de empatía genuina se está perdiendo entre los más jóvenes. El exceso de pantallas tiene mucho que ver en esto.

Las pequeñas cosas importan más de lo que parecen

En casa tenemos una norma sencilla: nos damos las gracias por las cosas pequeñas. Si el niño recoge sus juguetes o lleva el plato al fregadero, se lo agradecemos. Ver que su esfuerzo es reconocido le enseña a valorar el de los demás.

Cuando tienen una rabieta, no la ignoramos. Les decimos: "Veo que estás teniendo un mal día, cariño." Cuando un niño siente que le entiendes, aprende a entender a los otros. Es así de directo.

"LOL eres una inútil": el comentario que me dejó sin palabras

"LOL eres una inútil miserable"

Eso fue lo que mi hija de 15 años comentó en el vídeo de su youtuber favorita. La chica, una influencer de maquillaje veinteañera, estaba contando cómo se había caído esquiando y se había torcido la rodilla. Y esa fue la respuesta de mi hija.

Cuando me enfadé, se encogió de hombros: "¿Por qué te pones así? Es solo un comentario." Le pregunté: "¿Has pensado cómo se siente ella al leer algo así? Encima dices que te encanta esta chica, que ves todos sus vídeos… ¿y le escribes esto?"

No supo qué responder. Evidentemente, no había pensado en el efecto real de sus palabras. Le pedí que borrara el comentario y que escribiera en su lugar: "Que te mejores pronto." Luego le propuse un acuerdo: de ahora en adelante, solo comentarios positivos. Si algo no le gusta, simplemente sigue scrolleando. Llevo dos meses monitorizando su actividad y, por ahora, lo está cumpliendo.

El ejemplo es la herramienta más poderosa

Como madre —y también desde el punto de vista de la psicología infantil— estoy convencida de que el ejemplo que damos es lo que más influye en cómo se desarrollan nuestros hijos. Los niños imitan todo lo que ven en nosotros.

Cuando discutes con tu pareja delante de ellos, intenta no decir en voz alta todo lo que se te pasa por la cabeza. Habla de sentimientos, no solo de hechos. Enséñales a poner palabras a lo que sienten, y hazlo tú primero.

Si se pelean con un hermano, deja que cada uno hable por turnos. Hay que empezar desde pequeños: si un niño de guardería quita un juguete o pega a otro, explícale cómo se habrá sentido el otro niño y muéstrale cómo se comparte y cómo se pide perdón. No es demasiado pronto.

La sal y las babosas: una lección que no olvidaré

Mi hija pequeña es una niña de cinco años adorable, rubia, con trenzas. Todo el mundo la quiere. Parlanchina, graciosa, cariñosa. Por eso me quedé helada cuando descubrí por qué se escapaba al jardín después de comer con el salero.

Un día la seguí y lo que vi me dejó horrorizada: estaba echando sal sobre babosas. Los pobres animales se retorcían mientras producían una secreción blanca para intentar neutralizar la sal corrosiva, y ella, tan contenta, les volvía a echar más mientras tarareaba una canción.

Le grité sin querer del susto, y ella se asustó también. No entendía qué había hecho mal. Más tarde, mientras lavábamos las babosas juntas en el grifo del jardín, le expliqué que a los animales hay que quererlos y protegerlos, que ellos también sienten dolor. Solo puedo esperar haber frenado ese comportamiento a tiempo. Desde entonces, la vigilo cuando juega fuera.

Criar hijos empáticos no es cuestión de suerte. Es cuestión de presencia, de conversaciones incómodas y de dar ejemplo cada día, incluso cuando es difícil.

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