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"Mi madre tenía 3 trabajos": las mujeres no se vuelven masculinas, están en modo supervivencia

Szőke Angéla5 min de lectura
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"Mi madre tenía 3 trabajos": las mujeres no se vuelven masculinas, están en modo supervivencia — Estilo de vida
En este artículo

Mujeres agotadas que han tenido que endurecer su carácter para sobrevivir en un mundo que no las toma en serio de otra manera. ¿Por qué ocurre esto y quién tiene realmente la culpa?

Aprender a jugar con otras reglas

Mi naturaleza es tranquila, empática, colaboradora. Podría decirse que profundamente femenina. Pero en el trabajo, eso no me llevó a ningún lado. Me ignoraban, no me ascendían porque no era la más ruidosa de la sala, y una vez ayudé a un compañero que luego presentó mi trabajo como suyo y se llevó todos los elogios.

Fue entonces cuando decidí cambiar de registro. Empecé a hablar más alto, a ocupar más espacio, a sacar a la superficie esa versión más dura de mí misma que nunca había necesitado usar. Los compañeros se sorprendieron. Uno de ellos me dijo, con una mezcla de respeto y desconcierto, que había "ganado agallas". Y tenía razón. Desde entonces me respetan y avanzo en la empresa, aunque en el fondo detesto tener que ser así. Si pudiera elegir, esa versión mía nunca saldría a escena.

Cuando toca hacer de todo

A mi pareja no le importa si el instalador puso el estante torcido o si las baldosas quedaron mal colocadas. Soy yo quien tiene que plantarle cara y exigir que lo haga bien. Cuando viajamos, soy yo quien organiza todo y quien discute en recepción si pagamos por una habitación con vistas al mar y nos dan otra.

Hace poco desmontaba yo sola el sifón del baño porque llevábamos semanas con el desagüe atascado y a él no le parecía urgente. No quiero ser yo quien lleve los pantalones en la relación, pero a veces no me queda otra opción.

Sola frente al mundo

Vivir sola también tiene su precio. Cuando llamas a un técnico o a un fontanero, muchos asumen que no entiendes nada y aprovechan para cobrar de más. Aprendí por las malas que sonreír y ofrecer café al llegar no funciona.

Ahora entro directa al grano: les digo que mi padre era electricista, fontanero, lo que haga falta según la ocasión, y que no intenten engañarme porque lo notaré. Hay que ser asertiva, o te toman el pelo. El café con sonrisa lo dan cuando el trabajo está bien hecho.

En el taller mecánico pasa exactamente lo mismo. Si no adoptas esa actitud firme desde el principio, el coche puede esperar días sin que nadie lo toque. Yo nunca me comportaría así por naturaleza, pero la sociedad me castigaría si no lo hiciera.

Ser madre y padre a la vez

Nos separamos hace tres años. Mi ex ve a los hijos aproximadamente una vez al mes: los lleva a comer fuera, le compra juguetes al pequeño y les da algo de dinero a los mayores para que gasten en lo que quieran.

Yo no puedo permitirme eso. Con mi sueldo y la pensión alimenticia ridícula que paga, llegamos justos a fin de mes. No puedo llevarlos a comer a donde ellos quieran, pero pago el comedor escolar. No puedo comprarles los juguetes más caros, pero me aseguro de que tengan zapatos y de que en invierno no pasen frío en casa.

Él no está cuando hay que reñir al pequeño por un suspenso, ni cuando los mayores llegan a las dos de la madrugada o contestan mal. Él puede permitirse ser el padre divertido. Yo no. Él es el policía bueno; yo, el malo. Pero el malo es el que mantiene todo en pie. Soy yo quien tiene que hacer de madre y de padre al mismo tiempo para que mis hijos no se pierdan por el camino.

El personaje que me toca interpretar

Trabajo como interiorista, lo que significa que dirijo a trabajadores que, en muchos casos, no están acostumbrados a recibir órdenes de una mujer. No hace falta decir que a veces tengo que sacar mi lado más duro, porque al Dr. Jekyll amable nadie le hace caso, pero al Mr. Hyde implacable sí.

Si hace falta, levanto la voz y suelto algún taco, porque muchas veces es la única forma de que el mensaje llegue. No lo disfruto. Pero así funciona.

Modo supervivencia

Un día me encontré con un excompañero de trabajo y tomamos un café. Al despedirnos, me dijo que tenía muy buen humor, que era muy fácil reírse conmigo y que era "muy femenina". Se quedó con la boca abierta cuando le expliqué que en una multinacional, una mujer tiene que masculinizarse si quiere que la tomen en serio. Lo que él veía ese día era la versión de mí misma que aparece cuando nadie me está juzgando.

No nos volvemos masculinas porque queramos. Nos volvemos masculinas porque aprendemos, a base de golpes, que si no lo hacemos, perdemos.

"Mi madre tenía tres trabajos"

Mi madre trabajaba en tres sitios a la vez. No porque fuera adicta al trabajo, sino porque no le quedaba más remedio para mantenernos. Éramos tres hermanos y mi padre nunca fue precisamente un ejemplo de responsabilidad. No era mala persona, nos quería, pero no soportaba las obligaciones. Le gustaba comer bien, beber, divertirse.

Una vez lo echaron del trabajo porque en lugar de ir a la oficina, nos llevó a la playa porque hacía buen día. De niños lo adorábamos por eso y no entendíamos por qué mamá le gritaba por la noche. Solo de adultos comprendimos por qué nuestra madre era tan estricta, tan dura, tan seria, mientras nuestro padre era el gracioso de la familia. Ella no tuvo otra opción: o se endurecía o acabábamos en la calle.

Las mujeres no se vuelven masculinas. Simplemente sobreviven como pueden.

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