Ser tratada como si no estuvieras ahí. Que confundan tu idea con la de un compañero y de repente todos aplaudan. Que un jefe dé por hecho que tu único plan es irte de baja por maternidad. Estas escenas no son de otra época: ocurren hoy, en oficinas, hospitales y obras.
Varias mujeres comparten aquí, en primera persona, los momentos en los que la discriminación se coló en su día a día laboral. Historias breves, reales y, por desgracia, más habituales de lo que muchos creen.
El contacto visual
Presenté al nuevo becario a mi superior, un chico joven. La cara del jefe (un hombre de 62 años) se iluminó de golpe, como si por fin pudiera hablar con un hombre en mi lugar. A partir de ahí solo se dirigía a él, como si yo fuera invisible.
Carraspeé y le dije que, si quería que el trabajo saliera adelante, no le quedaba más remedio que hablar conmigo.
La camarera
Trabajaba en una empresa tecnológica. Al entrar a una reunión, uno de mis compañeros levantó la vista y me soltó que él tomaría un café.
Me senté a su lado y, con una sonrisa, le informé de que la presentación la daba yo.
El interrogatorio
Preguntas que me hicieron sin el menor titubeo en entrevistas de trabajo: ¿Eso que llevas en el dedo es una alianza? ¿Tienes pareja, vivís juntos? ¿Pensáis tener hijos? ¿Tienes buena salud o te pones enferma a menudo? Y mi favorita: "¿Podrías perder algún kilo para verte bien con el uniforme?"
Una cuestión de tiempo
Mi superior me dijo que resolvía la mitad de quejas que mi compañero David. Le contesté que era porque no me dejaba responder los correos con un nombre masculino. No me creyó, pero al final me dio luz verde.
Cuando empecé a usar la firma de David, al mes siguiente gestioné una vez y media más quejas que él. Mi jefe se sorprendió y le expliqué el motivo: a las mujeres los clientes no las respetan ni las consideran competentes.
Con un nombre de mujer tardo el doble en resolver un problema, porque dudan de mí constantemente. Como "hombre", en cambio, nadie desconfía.
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La discusión
Soy desarrolladora, y los hombres discuten conmigo sobre el funcionamiento del sistema (mi propio sistema) hasta tal punto que a menudo tengo que avisar a su jefe, Gergő, un tío estupendo, para que les llame la atención.
Entonces Gergő telefonea al de turno y le dice: "Haz lo que diga la desarrolladora y no discutas." Y, mira por dónde, de repente todo funciona.
La herramienta
Digo algo en una reunión y todos me ignoran. Lo repite alguien con pene y, guau, a todo el mundo le encanta la idea. Y pasa una y otra vez.
Una vez le pregunté a un compañero encantador (y gay) por qué solo lo entendían cuando lo decía un hombre. "Porque a él sí lo escuchan…", me respondió.
Los operarios
Si necesito comunicar algo en persona a los operarios, agarro a alguno de mis compañeros hombres que no tiene ni idea (me vale cualquiera, con que sea varón basta), le explico palabra por palabra lo que debe decir y nos plantamos juntos delante del equipo.
Ya me he resignado a que a mí no me hacen caso.
La sonrisa de 100 vatios
Soy amable, pero profesional. En mis evaluaciones de desempeño aparece una y otra vez que "podría ser más cercana y sonreír más", mientras que a mis compañeros hombres más bordes y desagradables, curiosamente, nunca les exigen eso.
"Guapa"
"Avise usted al doctor, guapa", me dicen los pacientes mayores, aunque ya les he explicado cinco veces que la jefa de servicio soy yo y que mi compañero es un estudiante de medicina.
Increíble
Fui asistente de un dinosaurio machista "de la vieja escuela" que me indicó, sin pestañear, que solo llamara a las chicas guapas y con mucho pecho a las entrevistas presenciales para el puesto de recepcionista, porque "las mujeres atractivas son buenas para el negocio".
El pastel
Mi jefe sabe que sé cocinar, así que me pidió que preparara cinco tartas distintas para el cumpleaños de un directivo. "Luego apúntame cuánto te ha costado y hacemos una colecta."
Puse toda mi alma en esos pasteles, usé los mejores ingredientes y todos quedaron deliciosos. Pero, aunque llevé las facturas, aquel dinero nunca acababa de aparecer.
Mi cocina, la compra y todo mi esfuerzo los regalé, pero no estaba dispuesta a tragarme el coste de unos ingredientes que sumaban decenas de euros. En una reunión saqué el tema con timidez, y allí mismo hicieron la colecta.
Con una sonrisa cínica, me acercaron un montón de billetes arrugados: "Toma, Anita, no vaya a faltarte para la cocina." No lo cogí, porque recoger aquellos billetes habría sido aún más humillante. Preferí salir a llorar al baño.
¿Cómo dices?
Justo cuando entré hubo una oleada de dimisiones. No había nadie que me formara y tenía que trabajar el doble que en un turno normal, pero lo saqué todo adelante.
Ocho meses después me pidieron que formara a un chico nuevo. Me hizo ilusión pensar que por fin tendría ayuda… hasta que descubrí que iba a ser mi jefe. "Es que tiene experiencia como encargado."
Dimití al instante y, una semana más tarde, él también: no daba la talla. Contrataron a tres hombres para ocupar mi puesto.
¿Perdona?
Sabía que mi jefe quería meter a su sobrina en la empresa, pero jamás imaginé que sería en mi lugar. Me enteré el día en que se acercó a mi mesa y me preguntó: "Diana, ¿cuándo te vas de baja por maternidad?"
Me quedé mirándolo y decidí que ese zoquete no merecía que me alterara ni que me pusiera a explicarle lo tremendamente indiscreta que era esa pregunta. Y más aún para una mujer como yo, que no puede tener hijos.
Lo miré a los ojos y le respondí: "No será pronto, porque soy estéril." Se le puso la cara roja, balbuceó una disculpa y se escabulló. Al día siguiente me trajo una flor y un pastel.
¿Qué se considera discriminación laboral por razón de sexo?
Según reflejan estos relatos, incluye tratar a una mujer como invisible, atribuir sus ideas a los hombres, juzgarla por su aspecto o dar por hecho su papel según su género. Son situaciones cotidianas que muchas trabajadoras reconocen.
¿Por qué algunas mujeres usan un nombre masculino en el trabajo?
Como cuenta una de las protagonistas, firmar los correos con un nombre de hombre le permitió que los clientes confiaran en ella y dejaran de cuestionarla, algo que con su nombre real no ocurría.
¿Son historias reales?
Sí. Son experiencias contadas en primera persona por mujeres de distintos sectores, desde la tecnología y la medicina hasta la obra y la atención al cliente.
¿Qué tienen en común todas estas situaciones?
En todas ellas la competencia de la mujer se pone en duda por el simple hecho de ser mujer, y su trabajo o su autoridad solo se validan cuando pasan por un hombre.











