Artículo de opinión: Schuszter Borka
Hoy en día es difícil pasar un día sin que salga el tema de política. Las elecciones han puesto a todos un poco más tensos: algunos están entusiasmados, otros más nerviosos, y muchos sienten ambas cosas a la vez. La política ya no está solo en las noticias, sino que se ha colado en las charlas de cocina, las comidas familiares y las reuniones con amigos.
Y eso no tiene por qué ser malo. Yo, por ejemplo, creo firmemente que se puede y se debe hablar de política. Que el diálogo es importante, incluso cuando no estamos de acuerdo. De hecho, quizás sea entonces cuando más lo es. Pero también pienso que no es casualidad que haya situaciones donde esta conversación no funcione bien.
El trabajo es un ejemplo claro.
Porque por mucho que queramos creer que somos un equipo, las relaciones laborales no son iguales para todos. Hay jefes y subordinados, decisiones y dependencia, expectativas explícitas e implícitas. Y en este sistema no todas las opiniones se expresan con la misma libertad.
Por eso me parece problemático cuando el jefe empieza a politizar.
No es tanto porque su opinión no coincida con la mía —de hecho, si votamos igual o no es secundario aquí—. Puede que esté de acuerdo o no. El problema es que en estas situaciones no todos se sienten seguros para responder con sinceridad. La gente suele callar, asentir o intentar esquivar el tema. Y si no se puede hablar libremente de política, no vale la pena ni es posible hacerlo.

¿Pero qué se puede hacer en estos casos?
Lo primero que vale la pena aceptar es que no hay que “ganar” todas las situaciones. Si el jefe empieza un monólogo político junto a la cafetera, no siempre es la mejor estrategia entrar en debate, sobre todo si la relación laboral es delicada. A veces, decidir no participar es totalmente válido.
En esos momentos las respuestas neutrales son tus aliadas. Una frase corta, que reconozca pero no se comprometa —como un “entiendo lo que dices”— suele ser suficiente para no profundizar más en la conversación. No hace falta comentar cada opinión.
Si la situación se vuelve habitual y te incomoda, vale la pena poner límites con tacto. No de forma confrontativa ni con tono de lección, sino con honestidad y firmeza.
Por ejemplo, puedes decir que para ti el trabajo es un espacio donde prefieres enfocarte en las tareas. No es un ataque, sino una preferencia personal.
Claro que no siempre es fácil. Mucho depende de la personalidad del jefe y de la cultura laboral. En algunos lugares esto se acepta, en otros, hasta esa frase puede parecer demasiado.
Otra opción es redirigir la conversación. Si notas que va hacia la política, puedes volver a un tema concreto del trabajo. Es una forma discreta y efectiva de mostrar que ahora no es tu prioridad.
Lo básico para mí es esto: no estamos obligados a participar en una conversación donde no nos sentimos cómodos, ni siquiera si la inicia el jefe.
La política puede ser un tema importante y valioso, pero no todos los espacios son adecuados para discutirla. Y un lugar de trabajo con relaciones de poder desiguales rara vez lo es. Por eso sería bueno que no solo los empleados, sino también los líderes, lo tengan presente.











