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Mi procrastinación no era pereza: era ansiedad, y así aprendí a superarla

Schuster Borka4 min de lectura
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Mi procrastinación no era pereza: era ansiedad, y así aprendí a superarla — Estilo de vida

Artículo de opinión: Bárbara López

Durante mucho tiempo me convencí de que procrastinar era una cuestión de carácter. Si no hacía las cosas a tiempo, era porque no tenía suficiente disciplina, porque no me importaba lo bastante, o simplemente porque "era así". Ese pensamiento no me ayudó en absoluto. Al contrario: me metió de lleno en una espiral de la que cada vez era más difícil salir. Cuanto más postergaba, peor me sentía. Y cuanto peor me sentía, más me costaba empezar cualquier cosa.

La procrastinación no es pereza

Eso fue lo primero que tuve que entender. La procrastinación no es una señal de vagancia, sino una señal de que algo no va bien. Cuando etiquetamos ese comportamiento como "pereza", nos quitamos la posibilidad de entender qué está pasando realmente.

En mi caso, muchas veces había ansiedad detrás. Si una tarea me parecía demasiado grande, si no tenía claro cómo empezar, o si temía no hacerlo bien, la evitaba. A corto plazo eso daba alivio —"por ahora no tengo que pensar en ello"— pero a largo plazo solo acumulaba más tensión.

Otras veces el problema era el perfeccionismo. Esa sensación de que solo merece la pena empezar algo cuando ya tienes claro cómo va a quedar. Si no tenía la imagen perfecta en la cabeza, no empezaba. Y eso es una trampa, porque la mayoría de las cosas no se pueden planear a la perfección de antemano: se van construyendo en el camino.

Mujer mirando el móvil

Y luego está el caso en el que hay demasiadas cosas a la vez. Cuando la lista es tan larga que no sabes por dónde empezar, y al final no avanzas con ninguna.

En esos momentos, procrastinar se convierte casi en una estrategia de supervivencia: si no hago nada, al menos no tengo que tomar ninguna decisión.

Una de las revelaciones más importantes fue darme cuenta de que la solución no está en la exigencia. El discurso interno de "espabílate de una vez" solo añade más presión y hace que la tarea resulte todavía menos atractiva. Lo que sí ayuda es acercarse con curiosidad: ¿por qué no quiero hacer esto ahora mismo?

Lo que de verdad me ayudó a cambiar

Cuando empecé a observarme con más honestidad, muchas cosas encajaron. Y junto a ese proceso, fui introduciendo pequeños cambios que marcaron una diferencia real.

El primero fue dejar de planear en exceso. Antes tendía a pensar largo y tendido sobre cómo iba a abordar una tarea, en qué orden, cuál sería la secuencia perfecta. En teoría parecía útil. En la práctica me paralizaba: la tarea se volvía cada vez más grande y complicada en mi cabeza, cuando en realidad aún no había empezado.

Mujer aburrida frente al portátil

Ahora intento cortocircuitar ese proceso. En lugar de pensar demasiado, simplemente me lanzo con la actitud de "ya veremos cómo va". Al principio parece un poco caótico, pero la experiencia me ha enseñado que una vez que empiezas, es mucho más fácil ir encontrando el camino. La parte más difícil casi siempre es el primer paso.

También me ayudó mucho ponerme plazos pequeños. No "hoy termino todo esto", sino "voy a dedicarle media hora ahora". Media hora es manejable. No da miedo. Y cuando termina, me doy una recompensa: un capítulo de mi serie favorita, un café, lo que sea.

Este tipo de reencuadre engaña al cerebro de una forma muy efectiva. Ya no me enfrento a una tarea interminable y agobiante, sino a un bloque corto y concreto. Y lo curioso es que muchas veces, cuando acaba esa media hora, ya no quiero parar, porque ya estoy metida en el ritmo.

No voy a decir que la procrastinación ha desaparecido de mi vida. A veces vuelve, especialmente en épocas de más estrés. Pero ya no la veo de la misma manera. No es una prueba de que "soy perezosa", sino una señal de que algo no está bien, y vale la pena investigar qué es.

Y ese simple cambio de perspectiva hace que sea mucho más fácil, al final, ponerme manos a la obra con lo que llevaba tiempo evitando.

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