Crecer sin madre es difícil para cualquier niño, pero para una niña es especialmente doloroso cuando falta el calor maternal en su vida.
La enseñanza
Era muy pequeña cuando mi padre ya me ordenaba que observara cómo cocinaban mi abuela y mi tía – ellas ayudaban a mi padre cuando era niña – porque “pronto tendré que valerme por mí misma en la cocina.” Recuerdo que a partir de los diez años ya manejaba la casa completamente sola. Cocinaba, lavaba, limpiaba y hasta planchaba, aunque temía quemarme.
En resumen, además de la escuela, cumplía con las tareas de una ama de casa, porque mi padre solo veía la tele con una cerveza en la mano cuando llegaba del trabajo. Nunca salíamos y no me dejaba ir cuando los padres de mis compañeros o familiares querían llevarme a algún lado, porque él “protegía a su única hija.” Si protestaba, me daba una bofetada. A los dieciséis años no pude más y me fui a vivir con mi primer amor. Nunca más supe de él ni él de mí.
Cuando murió, mi tío me reprochó que era ingrata, porque gracias a mi padre me había convertido en una mujer fuerte, ya que él “lo dio todo por mí.” Le dije que lo único que recuerdo de él es que miraba la tele con la mirada perdida o que me gritaba. No me crió para ser una mujer fuerte, sino para ser una esposa pasiva, y todo lo que soy se lo debo a mí misma.

Las lágrimas
Cuando de niña lloraba, mi padre en vez de consolarme imitaba mi llanto con burla. Una vez lloré delante de un novio y él me abrazó y calmó. Me sorprendió y no puedo explicar lo bien que me sentó.
El agradecimiento
Crecí junto a mi padre como una mala hierba, no se ocupaba mucho de mí. A veces extrañaba una madre, pero solo cuando veía cómo las mamás de mis compañeros los trataban con cariño. Por lo demás, estaba bien sola y me crié bien.
Pasaron los años, mi padre envejeció y yo lo cuidé durante dos años, sin recibir ni una palabra amable. No fue agradecido, decía que era la ley de la vida que yo devolviera el cuidado que él me dio de niña. Pensé que no escuchaba bien, ¿qué “cuidado” era ese? Tenía comida, techo y ropa, pero nada más, todo el cariño venía de mis abuelos. Después de esa frase decidí devolverle ese “cuidado” con dinero y busqué una residencia para mayores.
La herencia
Mi padre me crió enseñándome que mis necesidades no importan y que mi valor solo se mide por lo que hago por él y por otros. Que debo soportar todas las cargas sin quejarme y asumir todas las responsabilidades, incluso las que son para jóvenes o que no me corresponden. Hasta hoy soy hiperindependiente de forma enfermiza, nunca pido ayuda y pongo a los demás primero, dejándome al último. Gracias, papá.

El presupuesto familiar
Tenía 14 años cuando mi padre me tiró un montón de billetes en la cama y dijo que ese era su sueldo y que ya era lo suficientemente grande para manejar el dinero de la casa. La cantidad era ridículamente baja – porque él se quedaba con el dinero para ir al bar – pero lo resolví. Yo pagaba las facturas en correos y hacía las compras. A veces incluso me alcanzaba para comprarme un chocolate semanal.
Ahora mi hija tiene 14 años y me duele pensar en el impacto que tendría en ella cargar con tanta responsabilidad, pero también me alegra porque así aprendí a administrar y valorar el dinero. Vivimos cómodamente con mi esposo y los niños, pero sigo siendo ahorrativa, lo que hace reír mucho a mi familia.
Sometida
De niña tuve que someterme a mi padre y a mi hermano, por eso me casé joven – para liberarme de ellos – pero terminó que mi esposo fue el nuevo “que mandaba.” A los 33 años me divorcié y ahora estoy aprendiendo lo liberador que es decir que no. Por primera vez en mi vida siento que no soy egoísta por pensar en mí y querer sentirme bien.











