Me encantan las decoraciones de temporada y a veces me cuesta resistirme a alguna pieza, pero en los últimos años siempre me pasa algo molesto: las tiendas empiezan la carrera navideña desde septiembre.
Justo ahora, cuando estaba cerrando mentalmente el verano y aceptando que oscurece a las 5, pasé por la sección Home de una marca y me cayó encima la Navidad. Luego entré a varias tiendas y me recibieron cascanueces, figuras de jengibre y adornos navideños. ¿Desde cuándo la Navidad marca el fin oficial del verano?

Me encanta el ambiente navideño y lo disfrutamos: a principios de diciembre ya decoramos el árbol para que no sea solo para los días de Navidad y enero. Creo que ver el pino ayuda a entrar en ambiente, sobre todo por la noche.
Lo bonito de las fiestas es que las extrañes un poco y que la preparación sea alegre y entusiasta, no esa locura acelerada que nos imponen.
En 2025 es difícil tener un día sin prisas, y mucho menos la preparación.
¿Por qué tanta prisa?
Además, si necesitas algo antes de las fiestas, suele estar agotado porque junto con la decoración de Halloween ya lo guardaron en el almacén.

Entiendo que de octubre a diciembre las empresas quieren impulsar el último trimestre para aumentar ganancias, y que la gente compre de forma constante y durante más tiempo. También comprendo que repartir gastos en varias compras puede ser mejor, pero esa mentalidad le quita brillo a la Navidad. Por más cursi que suene, la Navidad debería ser tiempo para compartir, familia y calma.
No quiero parecer hipócrita, yo también compro (a veces de más), pero el año pasado, después del 20 de diciembre, sentí que ya había demasiado de Navidad. Durante meses vi adornos, suéteres, cortadores de galletas y fundas de almohada, y a mediados de diciembre ya era demasiado.
Sentí que la fiesta se volvió logística: tenía que comprar los adornos, regalos y ingredientes mientras hubiera stock, o empezaba otra ronda de "caza" con más complicaciones.

Así que ya estamos en un punto donde el inicio de clases va acompañado de decoraciones otoñales y navideñas, mientras yo, confiando en el verano indio, ni siquiera he sacado la ropa de invierno. Esa prisa desgasta la magia y quizás solo quede cansancio y obligaciones: envolver, cocinar, limpiar y suspirar porque ya pasó.
En un mundo que nos invita a cuidar de nosotros, practicar la atención plena y vivir el momento, esto es contraproducente. Es como si no pudiéramos disfrutar ninguna fiesta de verdad, ni prepararnos emocionalmente, porque ya estamos pensando en lo siguiente.
Sería genial que fuéramos nosotros quienes marcáramos el ritmo de la Navidad y que entre fiestas no tuviéramos que ver conejitos de Pascua entre adornos navideños rebajados.











