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¿Por qué comemos mucho más en las fiestas de lo que quisiéramos?

Farkas Margaréta4 min de lectura
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¿Por qué comemos mucho más en las fiestas de lo que quisiéramos? — Estilo de vida
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¿Te suena esa sensación? Después de los primeros bocados ya sientes que fue suficiente… pero luego viene un "bueno, un poco más", un trozo de pastel, un bocado más porque "es ahora", "sería una pena no probarlo", "hoy sí cabe". Al final, estamos sentados en la mesa, un poco llenos, y nos preguntamos: ¿por qué hice esto?

El exceso en las fiestas aparece en casi todos en alguna forma, y tiene mucho menos que ver con la fuerza de voluntad de lo que pensamos. Es una situación compleja donde el ambiente, las costumbres, las emociones y el entorno actúan juntos y fácilmente anulan las señales de nuestro cuerpo.

La fiesta es un momento de abundancia

Vivimos con horarios todo el año. Comemos a horas fijas, muchas veces con prisa, y a menudo solo cumplimos con las comidas entre tareas. Pero las fiestas traen un ritmo completamente distinto. De repente todo se desacelera, la mesa está puesta y no hay prisa por ir a ningún lado.

Solo este cambio ya es suficiente para que nuestra relación con la comida sea diferente.

La abundancia visual de platos variados, postres y la oferta constante nos hace sentir que ahora sí podemos. Podemos comer más, repetir, probar todo. Y aquí aparece ese pequeño desliz: el “me lo permito” fácilmente se convierte en “me paso de la raya”. No es que no podamos parar, sino que todo el entorno nos invita a tomar un poco más.

Una mesa festiva no es solo comida, también es un estímulo visual que nos recuerda constantemente que “aún hay más”.

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No nos guía el hambre

Una de las claves es que en las fiestas rara vez comemos por hambre real. Más bien es la situación la que nos lleva.

Comemos porque estamos juntos, porque nos ofrecen, porque en la charla tomamos otro bocado sin pensar. Comer se vuelve casi una actividad de fondo, aunque en realidad no paramos.

Además, existe un fuerte aspecto social. Si todos repiten, no queremos quedarnos fuera. Si alguien ofrece, cuesta decir que no para no parecer descortés. Así, muchas veces no decide nuestro cuerpo sino la situación. Y cuando nos damos cuenta, ya pasamos el punto donde aún nos sentíamos bien.

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Las emociones y recuerdos también comen con nosotros

La comida festiva no es “solo” comida. Está ligada a historias, recuerdos y emociones. Un pastel que conocemos desde niños, un plato que siempre prepara el mismo familiar, o un aroma que nos transporta a una celebración pasada. Estas experiencias son muy poderosas y muchas veces ni notamos cuánto influyen en cuánto comemos.

En esos momentos no solo buscamos sabor, sino también la sensación que nos brinda. Seguridad, calidez, nostalgia. Y como esas sensaciones no llenan el estómago, es fácil pensar que necesitamos un bocado más.

En realidad, no es la comida lo que falta, sino la experiencia que queremos revivir una y otra vez.

Además está ese pensamiento de “sería una pena dejarlo”. Sería una pena no probarlo, no comer un poco, porque es algo que solo se ve en ocasiones especiales. Ese pensamiento casi nos lleva automáticamente al siguiente bocado, incluso cuando ya no tenemos hambre.

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Cuando dejamos de prestarnos atención

Nuestro cuerpo funciona muy bien. Nos avisa cuando tenemos hambre y también cuando ya es suficiente. Pero en las fiestas pasan tantas cosas a la vez que esas señales pasan a segundo plano. Hablamos, reímos, prestamos atención a otros y casi sin darnos cuenta seguimos comiendo.

Este es el momento en que las decisiones ya no son conscientes. No comemos porque queramos, sino porque estamos en la situación. Y está bien así, solo que es bueno reconocerlo. Porque la meta no es controlarnos a la perfección, sino estar un poco más presentes.

A veces basta con detenernos un momento y preguntarnos: ¿todavía me gusta? No hay que renunciar a nada ni poner “reglas”. Solo notar dónde estamos. Porque la fiesta no mejora por cuánto comimos, sino por cuánto la pudimos disfrutar.

Y quizás eso es lo esencial. No importa la cantidad de comida, sino la calidad de la experiencia. Si lo tenemos presente, será más fácil encontrar ese equilibrio donde disfrutamos la fiesta sin sentir que nos pasamos.

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