Hace poco vi en redes sociales la publicación de un hombre que a primera vista parecía otro comentario trivial, pero cuanto más pensaba en ella, más sentía que era justo esa frase la que nos hace repetir los mismos errores una y otra vez. El post decía así:
Las mujeres no quieren ser sexualizadas, excepto cuando también les gusta el chico.
El autor claramente pensó que estaba revelando una gran contradicción femenina. Que las mujeres son hipócritas: un momento piden no ser tratadas como objetos sexuales y al siguiente disfrutan ser vistas como objetos de deseo por un hombre atractivo. Pero no expuso a las mujeres, sino a sí mismo. Mostró que no entiende —o no quiere entender— la diferencia entre cosificación y consentimiento.
La cosificación no significa que alguien nos encuentre sexualmente atractivas. Significa que la otra persona deja de ser un ser humano y se convierte en un simple instrumento, un cuerpo, una función. Alguien cuyos sentimientos, límites y voluntad no importan. El consentimiento, en cambio, es cuando dos personas participan mutuamente, en sintonía y con respeto, en una situación sexual o de coqueteo.

No está mal que una mujer disfrute sentirse deseada. No está mal que alguien muestre interés sexual hacia ella. El problema comienza cuando ese interés es unilateral, no deseado y pasa por alto las reacciones de la otra persona. Cuando no es una invitación, sino una imposición. No es un ofrecimiento, es una invasión.
La frase “excepto cuando también les gusta el chico” borra exactamente esta diferencia. Como si una mujer tuviera que aceptar acercamientos de todos o de nadie, como si no tuviera el derecho a decidir a quién permite acceder a su cuerpo, o no tuviera derecho a disfrutar su sexualidad con alguien con quien hay atracción mutua.
No se trata de la apariencia
Y antes de que alguien diga que los hombres guapos pueden ser insistentes y los que no tanto no, aclaremos rápido: no se trata de la apariencia. Un hombre puede ser atractivo y a la vez desagradable si se acerca como si tuviera derecho al cuerpo o la atención del otro. Y alguien que no cumple con el “ideal” puede ser deseable si sabe leer las señales, respetar el no y tratar al otro como un igual.
El consentimiento no es un permiso posterior, es una condición previa.
También es importante entender que las mujeres no son un bloque homogéneo. No todas desean lo mismo, no tienen los mismos límites ni están abiertas en el mismo momento. Lo que en una situación es un coqueteo divertido, en otra puede ser acoso agobiante. Y no se puede ignorar con una frase cínica.
Cuando una mujer dice que no quiere ser sexualizada, generalmente no rechaza el deseo, sino la pérdida de control. Que ella misma no pueda decidir cuándo, con quién y cómo se convierte en un ser sexual en una situación. Eso no es hipocresía. Es autonomía.











