Durante mucho tiempo pensé que la amabilidad era un derecho básico para quien te habla, y que una respuesta breve era solo cuestión de buena educación. Fue una conversación honesta con mi mejor amigo la que me hizo ver que lo que yo consideraba buena educación, para la otra persona a menudo era una luz verde.
Recordando mi adolescencia y juventud, las dinámicas eran muy distintas. En esa época no existía el constante bombardeo de redes sociales, y conseguir un solo SMS era todo un logro, porque obtener el número de teléfono ya era una misión. Me impresionaba que me buscaran, y me halagaba la atención, aunque desde el principio supiera que no habría futuro con esa persona.
Hoy ya no deseo ese tipo de confirmación; de hecho, me incomoda ver nombres desconocidos o conocidos a medias en mis mensajes. Claro que influye que he cambiado, pero también pesa mucho haber aprendido que detrás de mensajes aparentemente inocentes a menudo hay intenciones que es mejor frenar desde el principio.
Cuando la amabilidad vuelve como un boomerang
Mis experiencias no siempre quedaron en un coqueteo inocente, varias veces me vi en situaciones incómodas solo por no querer ser grosera o fría. Hubo ocasiones en que padres de familia o esposos me buscaron en secreto, y aunque intenté mantener distancia, no siempre fue posible. Una vez, por ejemplo, la esposa me reclamó por lo sucedido, porque el marido no tuvo el valor de admitir en casa que en realidad estaba insistiendo con mucha presión.

Recientemente, un viejo conocido, cuya familia conozco bien, me sorprendió. Empezó con un tema totalmente inocente y respondí sin sospechar, ¿por qué no ayudar a un conocido? Pero con el tiempo, entre líneas apareció esa vibración que activó mi alarma. Solo paró cuando no respondí a su cuarto o quinto mensaje. Desde entonces, pasa junto a mí de la mano con su esposa como si nada, y solo puedo preguntarme si jugaba con la seguridad de un matrimonio abierto o si para él lo ocurrido era normal.
¿Echar leña al fuego?
Ahí entró en escena mi mejor amigo, con quien en 20 años hemos descifrado muchas señales del otro sexo. Él fue quien, con brutal honestidad, me explicó que cada respuesta que doy es en realidad echar leña al fuego.
Me dijo que para la mayoría de los hombres, incluso la reacción más contenida, informativa o distante significa que los he notado y que tienen oportunidad conmigo.
Para mí, responder es un gesto educado; para ellos, es como disparar la pistola de salida. Si respondo, inconscientemente acepto el diálogo, que para ellos es una puerta medio abierta para seguir intentando. Cerca de los cuarenta entendí que la mayoría de los hombres solo entienden el silencio como un límite; todo lo demás lo interpretan como interacción y ánimo.
Mi nueva táctica es el silencio
Por difícil que fue aceptarlo al principio, ahora sigo la estrategia que me sugirió mi amigo: simplemente no respondo. Aprendí que no debo explicaciones a nadie que entre en mi espacio virtual, y que a menudo el silencio es el mensaje más claro que puedo enviar. Puede parecer frío o descortés, pero entendí que proteger mi paz y los límites de mi familia es mucho más importante que la opinión de un desconocido o un conocido con malas intenciones.











