Hace poco, un amigo me dijo durante una conversación: “Las personas normales ya no escriben comentarios.” Puede que tenga razón. En muchas secciones de comentarios, quienes participan no suelen valer la pena. Gritan sus creencias sin abrirse a razones, o repiten frases hechas que han escuchado en otro lado. Intentar dialogar con ellos es como arrojar perlas a los cerdos.
Y sí, a menudo me digo que no tiene sentido entrar en guerras de comentarios. Las discusiones en internet son espirales sin fin, donde rara vez surge comprensión real. Solo gasto energía, me sube la presión, y al final del día me doy cuenta de que pasé la tarde discutiendo con un desconocido en vez de hacer algo valioso.
Pero hay momentos en que no puedo evitar responder. Me meto en una discusión o al menos escribo: “No estoy de acuerdo.” Y aunque sé que quien lo lee probablemente no cambiará su opinión, siento que es importante hacerlo.
No escribo por el interlocutor
Respondo porque sé quiénes leen esos comentarios. No por el “interlocutor” (si es que se le puede llamar así), de quien ya desistí, sino por quienes navegan en silencio y se enfrentan al tono hiriente que domina el debate público.
Veo detrás a la madre agotada y aislada, que finalmente se atreve a decir que está cansada, y lee en los comentarios: “Personas así ni deberían tener hijos.”
Veo al adolescente que descubre que es diferente, que ni él mismo entiende bien lo que siente, y se topa con un comentario que dice: “Un callejón sin salida biológico.”
Veo a quienes viven con neurodiversidad, intentando armar su día a día en un mundo que les parece extraño, mientras alguien les lanza: “Solo buscan excusas porque son perezosos.”
En esos momentos no puedo quedarme callada.
No hablo porque crea que puedo convencer al comentarista cerrado. Sino porque quiero que otros vean que no todos están de acuerdo con las voces dañinas. Quiero que esa madre cansada sepa que no está sola. Que ese adolescente inseguro vea que alguien cree en su valor. Que el lector neurodiverso sienta que no todos lo juzgan, que hay quienes lo aceptan.
Por eso escribo comentarios. Porque el silencio a veces da la falsa impresión de que todos apoyan el odio. Pero no es así. Y si una sola frase mía logra que alguien se sienta menos solo, ya valió la pena.
Tengo otra esperanza: recuperar las secciones de comentarios. Que no sean solo un campo para el odio, sino un espacio para conversaciones reales. Que volvamos a tener el valor de compartir experiencias, intercambiar aprendizajes y conectar, justo para lo que estas plataformas fueron creadas.
Puede que sea una idea idealista o ingenua. Pero creo que si suficientes personas hablan, si suficientes personas muestran que no solo existen opiniones extremas y dañinas, el diálogo público puede cambiar de rumbo. Y entonces, quizás, las personas normales vuelvan a sentir que vale la pena comentar.











