Recordando mi infancia, Pascua era un ritual único: la solemnidad y el misterio de la bendición de los alimentos se mezclaban con la alegría libre de rodar huevos.
Recuerdo cuando, de niña, mi madrina llevaba a casa de mi abuela las delicias bendecidas en la iglesia — ese aroma, esa mañana, todo parecía más festivo que cualquier otra cosa. En aquel entonces el rociado no era una carga, sino la medida auténtica de popularidad: en la primaria éramos las chicas "cool" si el lunes más chicos tocaban nuestra puerta.
Más tarde, al empezar la adolescencia, solo esperábamos con nervios a quienes nos gustaban, y en secreto disfrutábamos que después del verso de rociado quedara tiempo para una charla tímida y robada. En ese momento la tradición era un tejido vivo que nos conectaba con la comunidad, aunque a veces aparecían los parientes mayores, donde la costumbre y la esperanza de un “dinero extra” se mezclaban sospechosamente.
Un valiente examen de las tradiciones
Recuerdo una clase optativa de literatura en secundaria donde debíamos escribir un ensayo: ¿es mejor aferrarse a las tradiciones a toda costa o a veces vale la pena revisarlas?
Un compañero defendía el cambio casi como un revolucionario, mientras yo prefería la seguridad de lo constante. Han pasado casi 20 años y mi perspectiva ha cambiado mucho.

Me di cuenta de que, por el alejamiento de la religión y el cambio generacional, Pascua perdió en algún punto su dignidad. Muchas veces solo quedaba esconderse de los rociadores ebrios, correr las cortinas y soportar la hospitalidad obligada.
Hubo un tiempo en que me sentí tan incómoda con todo esto que mi familia dejó atrás las costumbres y preferimos viajar en lugar de quedarnos en “casa vigilada”.
La actitud de una nueva generación
Cuando nació mi hija, abrí un poco la puerta a los rociadores, porque quería ver en su cara esa chispa infantil que yo viví de niña.
Pero pronto entendí que ella es hija de otro mundo, donde la paciencia y la espera incierta no son lo más fuerte. Rápido comprendió que no quería pasar todo el día en la sala lista para recibir a unos pocos niños del jardín que “además tenemos que atender”.

Ella se alejó mucho antes de la costumbre clásica, y hoy coincidimos: la parte más valiosa de las vacaciones de primavera es viajar y descubrir las tradiciones desde otra perspectiva.
Si pienso en aquella chica que escribió ese ensayo en el instituto… seguro me miraría con incredulidad o duda. Pero hoy siento que esta renovación no es una traición a las tradiciones, sino una valiente adaptación: la experiencia compartida y la unión familiar siguen siendo la base, solo que el escenario cambió.
Descubrí que la tradición no es un objeto de museo para mirar de lejos. Al dejar atrás las vueltas obligadas y la hospitalidad forzada, ganamos algo mucho más auténtico.
Puede que el agua de colonia se haya ido, pero la sensación de libertad de celebrar a nuestro modo se volvió una magia mucho más duradera.
Así como antes veía las celebraciones del 15 de marzo como una molestia, y este año puse con orgullo la escarapela, entendí que los valores no se pierden, solo se transforman. Cuando el lunes de Pascua esté con mi hija en la plaza de una ciudad desconocida o en medio de un sendero en el bosque, probablemente admitiré que tal vez aquel compañero “revolucionario” tenía razón. La tradición sigue viva cuando tenemos el valor de tocarla, desempolvarla y adaptarla a nuestra felicidad.











