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Sin zapatos, más libres: por qué el senderismo descalzo está conquistando a quienes buscan reconectar con la naturaleza

Nyul Debóra5 min de lectura
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Sin zapatos, más libres: por qué el senderismo descalzo está conquistando a quienes buscan reconectar con la naturaleza — Salud
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Quitarse los zapatos en medio de un sendero y sentir la tierra directamente bajo los pies puede parecer algo radical. Pero para miles de personas en todo el mundo, el senderismo descalzo —también conocido como barefoot hiking— se ha convertido en una de las experiencias más transformadoras que ofrece la naturaleza. No es un deporte extremo. Es, más bien, una forma de volver a algo esencial.

Desde los cuidados senderos de arcilla de Corea del Sur hasta las salvajes costas de Australia, cada vez más personas eligen dar ese paso —literalmente— y descubrir qué ocurre cuando el cuerpo vuelve a sentir el suelo.

Los senderos descalzos de Corea del Sur

Una de las experiencias más llamativas en este ámbito la vivió Gen Blades, educadora e investigadora especializada en educación al aire libre que reside en Castlemaine, Australia. Fue en la ruta Namsan Dulle-gil de Seúl donde se topó por primera vez con tramos diseñados específicamente para caminar sin calzado.

En esos senderos, los pies se hunden en una arcilla suave y húmeda llamada hwangto, una superficie completamente distinta a cualquier terreno que uno espera encontrar en una excursión. La sensación, según describe Blades, es a la vez juguetona e insólitamente intensa: la atención se desplaza por completo hacia la planta del pie, que percibe la textura, la temperatura y cada pequeña irregularidad del suelo.

Y no es un fenómeno marginal en Corea del Sur. Solo en Seúl y sus alrededores existen más de cien parques con caminos descalzos, frecuentados por locales que los visitan incluso después del trabajo como una forma de desconectar y reconectar al mismo tiempo.

Más despacio, más presentes

En Australia, el senderismo descalzo ha crecido de forma más orgánica, impulsado por iniciativas individuales. Dale Noppers, técnico en seguridad laboral de Perth, lleva más de siete años recorriendo senderos sin calzado.

Para él, la mayor revelación no fue física sino mental: caminar descalzo por la naturaleza obliga a ir más lento, con más atención. Cada paso requiere consciencia. Y esa consciencia, dice, genera una conexión con el entorno que con zapatillas simplemente no existe.

Con el tiempo, la planta del pie se fortalece y se adapta sin perder sensibilidad. El resultado es un modo de caminar más natural y, sobre todo, más consciente.

Noppers completa hoy rutas de varias horas, como la del desfiladero de Kitty's Gorge en el Parque Nacional Serpentine, donde se alternan rocas, barro, raíces y gravilla. Además, organiza excursiones grupales descalzas en la zona de Perth, abiertas a personas de todas las edades, incluidos niños.

El Dr. George Murley, podólogo, ha estudiado los efectos del senderismo descalzo y su conclusión es clara: no existe una respuesta única válida para todos. La respuesta del cuerpo depende en gran medida de cada persona.

Lo que sí señala es que el exceso de amortiguación del calzado moderno puede reducir la sensibilidad natural de la planta del pie. Caminar descalzo, en cambio, tiende a mejorar el equilibrio y la coordinación, ya que activa músculos y receptores que normalmente permanecen inactivos.

Eso sí, el especialista insiste en la importancia de la progresión gradual. No se trata de salir un día sin zapatos y recorrer diez kilómetros de golpe. El pie necesita tiempo para adaptarse, como cualquier entrenamiento físico.

El pie como órgano sensorial

La investigadora medioambiental Uralla Luscombe-Pedro creció en la costa sur de Australia Occidental, donde caminar descalza era algo completamente cotidiano. De adulta, convirtió ese hábito en una práctica consciente y ha completado cientos de kilómetros de rutas costeras sin calzado, entre Batemans Bay y Mallacoota, y a lo largo de las costas del sur de Australia Occidental.

Su perspectiva va más allá de lo físico: para ella, el pie no es solo un medio de locomoción, sino un sistema sensorial completo. A través de la arena, la roca o la vegetación, el cuerpo recibe información constante sobre el entorno. Información que el calzado, sencillamente, bloquea.

Un mundo más lento, una mirada más profunda

En su trabajo de investigación sobre la experiencia de caminar, Gen Blades ha documentado algo que quienes practican el senderismo descalzo describen una y otra vez: la capacidad de percibir detalles que normalmente pasan desapercibidos.

Las plantas que crecen al borde del camino, el movimiento de los insectos, los pequeños cambios en la textura del suelo... Todo eso aparece cuando caminas sin zapatos. Es como si el mundo se volviera más nítido.

Blades considera que esta forma de presencia puede ayudarnos a conectar de manera más genuina con el mundo natural que nos rodea, algo especialmente valioso en un momento en que los ecosistemas son cada vez más frágiles.

Riesgos reales: no todos los terrenos son iguales

El senderismo descalzo tiene sus riesgos, y es importante no ignorarlos. En los senderos naturales pueden aparecer piedras afiladas, plantas con espinas, insectos o incluso cristales rotos.

El propio Dale Noppers reconoce haber sufrido algún corte, como cuando pisó un cristal al entrar en un río tras una excursión. Sin embargo, asegura que la mayoría de los percances se pueden evitar con atención, experiencia y una progresión adecuada. La clave está en empezar en terrenos sencillos y conocidos, e ir aumentando la dificultad poco a poco.

Volver al suelo, volver a uno mismo

El senderismo descalzo no es para todo el mundo, y no tiene por qué serlo. Pero las experiencias de Gen Blades, Dale Noppers y Uralla Luscombe-Pedro apuntan todas en la misma dirección: quitarse los zapatos en la naturaleza no es solo un reto físico. Es una forma de ralentizar, de prestar atención y de reconectar con algo que el ritmo de vida moderno suele alejarnos.

Dejar el calzado atrás, en este enfoque, no es una renuncia. Es una decisión consciente: la de volver al suelo y recuperar una forma de moverse —y de mirar— que llevamos dentro desde siempre.

¿Te animarías a probarlo en tu próxima salida al campo?

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