Esta investigación me parece especialmente fascinante porque llevo años asistiendo a constelaciones familiares, donde veo una y otra vez cómo los traumas transgeneracionales influyen profundamente en la vida presente de las personas. Es sorprendente ver que cuando alguien lucha con miedos, ansiedades o bloqueos, a veces no se deben a su propia historia, sino al dolor vivido por generaciones anteriores.
Pero esta investigación no solo muestra cómo las huellas del pasado doloroso pueden acompañarnos, sino que también revela cambios detectables a nivel celular.
La huella biológica del trauma
Generalmente pensamos que la herencia genética está determinada estrictamente por el código de nuestro ADN, y qué rasgos heredamos de nuestros padres. Sin embargo, la epigenética nos ofrece otra perspectiva. Esta ciencia estudia cómo ciertos "interruptores" pueden activar o bloquear la función de nuestros genes, sin cambiar el código ADN.
Un estudio reciente publicado en Scientific Reports en febrero de 2025 destaca que estas modificaciones epigenéticas no solo afectan a la persona, sino que pueden transmitirse a las siguientes generaciones.
El estudio se realizó con familias sirias que vivieron traumas de diversa intensidad durante tres generaciones, incluyendo la masacre de Hama en 1982 y la guerra civil siria iniciada en 2011. Los investigadores recogieron muestras durante años de mujeres de tres generaciones: abuelas, madres y nietas. Los análisis mostraron que quienes vivieron directamente el trauma bélico presentaban cambios epigenéticos claros.
Lo más impactante es que estos cambios también se detectaron en la expresión genética de sus hijos y nietos, es decir, las huellas del trauma pueden persistir hasta tres generaciones (o incluso más).

¿Pero cómo se hereda el trauma?
Los científicos identificaron 35 puntos en el genoma donde el patrón epigenético cambió en las familias afectadas por trauma. El cambio más común ocurrió en un proceso llamado metilación, donde grupos metilo se unen al ADN, afectando la actividad de ciertos genes.
Esto significa que el trauma puede ralentizar o acelerar la función de ciertos genes, lo que a largo plazo influye en la vida de las personas, por ejemplo, en su capacidad para manejar el estrés, sus reacciones emocionales y hasta en su salud.
Además, observaron que los niños cuyas madres vivieron el trauma durante el embarazo mostraban signos epigenéticos de envejecimiento celular más acelerado que el grupo control.
¿Qué significa esto para el futuro?
Aunque esta investigación está en sus primeras etapas, abre muchas posibilidades. ¿Cómo afectan los traumas a nuestro crecimiento personal? ¿Cómo podemos trabajar conscientemente para que estos patrones no se sigan heredando?
Al entender mejor la herencia epigenética, quizá podamos desarrollar terapias que ayuden a aliviar las consecuencias de estos efectos.
Por ahora, una cosa es segura: nuestro pasado está más arraigado en nosotros de lo que pensamos, y sanar no solo implica trabajar nuestra propia historia, sino también el legado que dejamos a las próximas generaciones.











