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"Hoy somos las más jóvenes que jamás volveremos a ser": dentro de 10 años mirarás estas fotos con nostalgia

Szabó Erzsébet4 min de lectura
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"Hoy somos las más jóvenes que jamás volveremos a ser": dentro de 10 años mirarás estas fotos con nostalgia — Estilo de vida

¿Alguna vez te has quedado mirando el móvil, pasando fotos antiguas durante horas, y de repente te has dado cuenta de que casi añoras a la mujer que eras hace unos años? Esa sensación es más común de lo que parece, y dice mucho más de nosotras de lo que creemos.

La nostalgia es una cosa extraña: es dulce y dolorosa al mismo tiempo, pero también tiene algo de liberador. Nuestras fotos del pasado funcionan como cápsulas del tiempo que, de algún modo, nos ayudan a mirarnos al espejo de hoy con más ternura y menos juicio.

Personalmente, me encanta perderme en los recuerdos, incluso cuando entre los momentos bonitos se cuelan épocas más difíciles. Últimamente me resulta casi terapéutico mirar fotos mías de la preadolescencia. Tenía exactamente la misma edad que tiene mi hija ahora: diez años. Verme en esas imágenes me hace mucho más fácil ser comprensiva y amable con la niña que fui, y, a través de eso, también con la niña que estoy criando. Estoy segura de que mis padres también tuvieron mil momentos en los que dudaron si iba por el buen camino, con ese miedo eterno y generacional de "¿qué va a ser de esta chica?". Y sin embargo, como siempre ocurre, esas "jóvenes de hoy" acaban encontrando la manera de hacer sentir orgullosos a sus padres.

"Mamá, en esa foto pareces mucho más joven que ahora."

Tengo una foto en la pared del salón: mi hija tiene año y medio, y nosotros estamos a su lado, jóvenes y radiantes. El otro día me preguntó cuántos años tenía yo en esa imagen. Le dije que veintiocho, y su padre, treinta y siete. Su respuesta fue de esa honestidad brutal que solo tienen los niños: "Qué curioso, papá casi no ha cambiado, solo tiene alguna cana más. Tú, en cambio, pareces mucho mayor." Por un momento no supe si reír o llorar. Me entraron ganas de decirle que precisamente comentarios así son los que me hacen envejecer visiblemente día a día. Al final nos reímos mucho de su sinceridad, pero me dejó pensando. Había dicho en voz alta lo que yo misma siento cuando miro fotos de hace diez años.

Sí, el tiempo se nota, pero he aprendido que así debe ser

Aunque aceptar el cambio puede ser una batalla, forma parte de la vida. A mí, por ejemplo, me ha costado mucho más encajar una enfermedad que afectó a mi estado físico que el hecho de tener que ir a retocarse el color del cabello cada cuatro semanas en lugar de cada cinco, o que haya aparecido una pequeña arruga de expresión en la comisura de los ojos. Hace poco hablaba de esto con amigas y casi todas dijimos lo mismo al unísono: cuánto lamentamos no habernos sentido suficientemente guapas en aquel entonces. Porque mirando las fotos antiguas, no solo éramos monas, éramos espectaculares.

Es como un círculo sin fin: en el presente casi nunca nos sentimos suficientemente bien, suficientemente delgadas ni suficientemente atractivas. Siempre vemos perfecta a la que fuimos, y casi nunca a la que somos ahora.

¿Por qué no lo veíamos entonces? Este anhelo constante —ya sea hacia el pasado o hacia un futuro idealizado— nos nubla la visión de quiénes somos en este momento.

Quizás deberíamos mirarnos al espejo con un poco más de amabilidad

Si sabemos que dentro de diez años miraremos las fotos de hoy con nostalgia y ternura, ¿por qué no empezar a valorar ahora a la mujer que somos? El cambio es imparable, y cada pequeña arruga o cabello blanco no es más que la huella de las risas vividas y las experiencias acumuladas. Intentemos reconocer la belleza fugaz de nuestro presente, porque, por mucho que suene extraño, hoy somos las más jóvenes que jamás volveremos a ser.

Si aprendemos ahora a hacer las paces con nuestro rostro, con nuestro cuerpo y con nuestra historia, dentro de diez años no miraremos esas fotos sintiendo lo que nos falta, sino con gratitud por la mujer que éramos... y por la que hemos llegado a ser.

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