En los estantes del supermercado no dejan de aparecer polvos y bayas exóticas con la etiqueta superalimento bien visible en el envase, y con un precio que a menudo triplica el de una compra normal. Mientras tanto, en el huerto de nuestras abuelas, en un rincón del mercado o en el fondo de la despensa, hay ingredientes que desde el punto de vista nutricional podrían competir sin problema con esos productos importados de moda. Solo les falta una cosa: un equipo de marketing detrás.
La buena noticia es que muchos de ellos siguen estando a tu alcance, cuestan una fracción y viajan mucho menos para llegar a tu mesa. Aquí tienes tres que merecen volver a tu lista de la compra.
1. Escaramujo
En otoño, los setos y los bordes de los bosques están llenos de él, pero rara vez acaba en la cesta de la compra. El contenido en vitamina C del escaramujo es bastante mayor que el de los cítricos, y además aporta flavonoides y carotenoides que ayudan al buen funcionamiento de las células.
El té hecho con el fruto seco, o la mermelada y el sirope elaborados con él, pueden convertirse en una auténtica bomba de vitaminas durante el invierno, y para ello no hace falta ningún polvo exótico llegado en avión.
Recolectarlo es sencillo: conviene recogerlo después de las primeras heladas, cuando la pulpa está más blanda y de sabor más dulce. Secado en casa y añadido a una mezcla de tés, puede acompañarte durante toda la temporada fría.
2. Chucrut
La col tradicional, fermentada en salmuera y sin tratamiento térmico, contiene cultivos vivos que pueden ayudar a mantener el equilibrio de la flora intestinal. El chucrut fermentado es, además, rico en vitamina K y en fibra, y como se cultiva cerca, resulta más barato que cualquier cápsula probiótica importada.
Ojo, porque la versión que se vende conservada en vinagre no es lo mismo: el chucrut auténtico y beneficioso está lleno de bacterias lácticas vivas que trabajan a tu favor. Por eso merece la pena elegirlo en el mercado o comprárselo a pequeños productores que lo elaboran de forma tradicional, o incluso animarse a fermentarlo en casa. Basta con una col, sal y unas semanas de paciencia.
3. Aronia, la baya negra
La aronia no es una fruta típica de nuestra tradición, y sin embargo lleva décadas cultivándose en huertos y frutales locales. Esta baya oscura, de sabor astringente, tiene un contenido en antioxidantes destacable y es rica en polifenoles. Cada vez más productores locales la cultivan y, aun así, el arándano o el goji se llevan mucho más protagonismo.
Fresca resulta áspera, así que es mejor consumirla en sirope, en mermelada o seca dentro de una mezcla de té. La baya congelada también funciona de maravilla mezclada en las gachas de avena o en el yogur del desayuno, y llega a la mesa recorriendo muchos menos kilómetros que sus competidoras de ultramar.
Los tres tienen algo en común: no hace falta comprar un billete de avión para conseguirlos, y su producción no castiga tanto al medio ambiente como los polvos y cápsulas importados desde muy lejos. Redescubrir estos ingredientes que puedes encontrar en los mercados locales, en pequeños productores y a veces en tu propio huerto no es pura nostalgia: puede ser también una decisión muy práctica a la hora de hacer la compra.
¿Por qué el escaramujo se recoge después de las primeras heladas?
Porque tras las primeras heladas la pulpa queda más blanda y de sabor más dulce, lo que facilita su recolección y aprovechamiento.
¿En qué se diferencia el chucrut auténtico del que se vende en vinagre?
El chucrut tradicional se fermenta en salmuera sin tratamiento térmico y conserva bacterias lácticas vivas. La versión en vinagre no ofrece esos cultivos vivos beneficiosos para la flora intestinal.
¿Cómo conviene consumir la aronia?
Fresca resulta muy áspera, por eso funciona mejor en sirope, mermelada o seca en mezclas de té. Congelada también queda genial en las gachas de avena o en el yogur.
¿Por qué elegir estos ingredientes frente a los superalimentos de importación?
Porque nutricionalmente pueden competir con ellos, cuestan mucho menos y recorren muchos menos kilómetros, por lo que su producción castiga menos al medio ambiente.











