Vamos, admítelo. No eres la excepción. Todos tenemos esos pequeños comportamientos absurdos que hacemos en silencio, convencidos de que somos los únicos. Spoiler: no lo somos.
La niebla mental
Saco el móvil para ver qué hora es. Lo miro. Lo guardo. Cinco segundos después vuelvo a sacarlo porque no tengo ni idea de qué hora era. Lo miré, sí. Pero mi cerebro simplemente no registró la información.
Y luego está la nevera. Me levanto, la abro, compruebo que no hay nada interesante y la cierro. Diez minutos después vuelvo a abrirla, como si en ese intervalo pudiera haber aparecido algo nuevo por arte de magia.
El pie multiusos
Si algo se cae del sofá, no me levanto. En cambio, intento recogerlo con el pie como si fuera una garra mecánica. Los objetos habituales de esta operación: el mando a distancia, una galleta, las gafas, el móvil. El porcentaje de éxito es cuestionable, pero el intento es obligatorio.
El giro de 180 grados
Si me doy cuenta de que voy en dirección equivocada, no me giro sin más — eso sería demasiado obvio y un poco vergonzoso. En cambio, finjo que me entra una llamada al móvil y aprovecho el momento para cambiar de rumbo con toda la naturalidad del mundo.
Y cuando voy en coche buscando una dirección, bajo el volumen de la música para... ¿ver mejor? No sé exactamente por qué lo hago, pero lo hago siempre. Como si el sonido interfiriera con mi sentido de la orientación.
Manías corporales
Camino de un lado a otro mientras hablo por teléfono, sin poder evitarlo. Si tengo frío, me meto el lóbulo de la oreja helado dentro del pabellón auricular para calentarlo. Y si sudo un poco, me huelo el sobaco con paranoia aunque me haya puesto desodorante de 48 horas hace media hora.
Cuando tengo calor en la cama, saco un pie por fuera de la manta para regular la temperatura — pero solo unos segundos, claro, no sea que el monstruo que vive debajo de la cama lo agarre.
La guerra con las máquinas
Pulso el botón del ascensor cinco veces seguidas aunque sé perfectamente que eso no lo hace llegar más rápido. No puedo evitarlo. Es más fuerte que yo.
Me quedo mirando la cuenta atrás del microondas y lo paro justo un segundo antes de que suene el pitido. Cada vez que lo consigo siento una satisfacción inexplicable. Nadie sabe por qué. Yo tampoco.
Y cuando una puerta automática se abre a mi paso, me imagino por un momento que soy un Jedi que la ha abierto con la mente.
¿Te resultan familiares estas situaciones? Puede que también te identifiques con por qué nos comportamos tan raro en el ascensor — otro clásico del comportamiento humano que nadie explica.
La fantasía del reencuentro
Revivo mentalmente las situaciones más embarazosas de mi vida, pero con una diferencia: en mi versión, el guion me favorece. No me tropiezo, no me caigo, no quedo en ridículo. Al contrario: digo exactamente la frase perfecta en el momento exacto. Esa respuesta brillante que, en la realidad, se me ocurrió tres horas después.
El abismo
Todos hemos tenido ese pensamiento fugaz: estás en el andén del metro y por un instante imaginas que te lanzas. O que te bajas de un salto desde una roca. O que cruzas la calle justo cuando pasa el autobús.
Es un pensamiento oscuro, pero no hay que asustarse. Está documentado y es completamente normal. Los franceses incluso le dieron nombre: l'appel du vide, "la llamada del vacío." Le pasa a casi todo el mundo.
La canción en bucle
Cuando descubro una canción nueva que me encanta, la escucho cincuenta veces seguidas hasta aprenderla de memoria, hasta aburrirme y, finalmente, hasta odiarla. Y si llego con el coche a mi destino justo cuando suena un buen tema, espero a que termine antes de apagar el motor. Faltaría más.
¿Cómo has dicho?
Si alguien me dice algo y no lo entiendo, pregunto de nuevo. Máximo dos veces. A la tercera, asiento con una sonrisa confusa y finjo que lo he captado perfectamente, rezando en silencio para que no me hagan una pregunta de seguimiento. Pedir que te lo repitan por tercera vez ya es, directamente, inaceptable.
El armario infinito
Tengo 75 camisetas y siempre llevo las mismas tres. Tengo más de veinte sujetadores y uso exactamente los mismos tres de siempre. ¿Estoy lista para deshacerme del 80% de mi ropa? No. Rotundamente no.
Si quieres seguir explorando las pequeñas contradicciones del día a día, no te pierdas lo que el contenido de tu nevera dice de ti — porque sí, esas visitas sin sentido al frigorífico tienen más significado del que crees.











