Hay una prenda que reaparece cada otoño y cada otoño genera la misma duda frente al espejo: la chaqueta de cuadros. Esta temporada ha dejado de ser la camisa gruesa que te pones para ir al mercado y se ha convertido en una pieza con estructura, hombro definido y tejido con cuerpo, que funciona como abrigo ligero en esos días de octubre en los que un abrigo de verdad sobra y una rebeca no llega. El problema es que el cuadro tiene memoria visual: si lo combinas mal, el conjunto entero se va al campo sin pedirte permiso.
La escala del cuadro decide casi todo
Antes de mirar el color, mira el tamaño del dibujo. Un cuadro grande, de esos que ocupan media espalda, tiene mucha personalidad y funciona mejor en chaquetas rectas y en cuerpos donde no compita con otros volúmenes: lo pides para llevar con pantalón liso y camiseta lisa, punto. Un cuadro pequeño y apretado, tipo pata de gallo o príncipe de Gales, se comporta casi como un neutro a distancia; es el que más partido te va a dar si solo vas a comprar una y quieres ponértela a diario, incluso con falda y botas.
La regla práctica: cuanto más grande es el cuadro, más sencilla debe ser la prenda que lo lleva y más silencioso el resto del conjunto. Y si dudas entre dos, quédate con la que tenga menos colores. Una chaqueta de cuadros en dos tonos se combina con media docena de cosas que ya tienes; una de cinco colores te obliga a construir el look alrededor de ella cada vez, y eso termina en percha.






