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Cuando la tierra tiembla un poco: cómo hablar del susto en casa y qué dejar preparado

Margarita Lobo5 min de lectura
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Cuando la tierra tiembla un poco: cómo hablar del susto en casa y qué dejar preparado — Familia
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Basta un movimiento breve, de esos que hacen tintinear las copas del aparador y poco más, para que el grupo del colegio se llene de mensajes en dos minutos. Alguien lo notó, alguien no, alguien estaba en el tercero y jura que se movió el sofá. Y luego llega la parte que no se ve en los titulares: el niño que esa noche no quiere dormir solo, la adolescente que busca vídeos hasta las dos de la madrugada y tú, que te despiertas a las cuatro pendiente de cualquier crujido. Cuando en un territorio se habla de un temblor leve, lo que de verdad se queda dando vueltas en las casas es esa sensación rara de que el suelo, por un instante, dejó de ser suelo.

Por qué un susto de treinta segundos dura varios días

El suelo firme es una de las certezas más básicas que tenemos. No pensamos en ella jamás, precisamente porque nunca falla. Cuando falla un momento, el cuerpo reacciona antes que la cabeza: se activa la alerta, se agudiza el oído, y durante unos días interpretamos cualquier ruido de tubería o cualquier camión que pasa como una posible repetición. Eso no es exageración ni fragilidad, es el sistema de alarma haciendo su trabajo. Suele ir bajando solo, como las agujetas.

Con los niños ocurre algo añadido: leen nuestra cara mucho antes que nuestras palabras. Puedes decirles "no pasa nada" con voz tranquila, pero si miras el móvil cada dos minutos con el ceño fruncido, ellos concluirán que sí pasa algo y que además no se lo estás contando. De ahí que lo más útil no sea fingir calma, sino nombrar lo que ha ocurrido con palabras sencillas y en un tono que se pueda sostener.

Cómo contarlo según la edad

Con los más pequeños, entre tres y seis años, funcionan las frases cortas, concretas y en pasado: "la tierra se movió un poquito, ya ha parado, estamos todos bien y la casa está bien". Conviene evitar metáforas de monstruos o de animales dormidos bajo el suelo; suenan simpáticas y luego habitan las pesadillas. Si preguntan diez veces lo mismo, responde diez veces igual: la repetición es su manera de digerir.

Entre los siete y los once años llegan las preguntas técnicas, y ahí la información concreta calma más que el consuelo. Explicar con un dibujo que la corteza terrestre está formada por piezas que se rozan, y que la mayoría de los movimientos son tan pequeños que solo los detectan los aparatos, ordena el miedo. A esa edad ayuda mucho darles una tarea: que sean ellos quienes comprueben dónde está la linterna o quienes elijan el punto de encuentro familiar.

Con adolescentes, el error habitual es minimizar. Si notas que están consultando el tema sin parar, mejor sentarse a mirar juntos una fuente seria durante diez minutos y luego cerrar el asunto, que prohibir el móvil. Y preguntarles directamente qué harían si estuvieran solos en casa: responder a eso les devuelve sensación de control.

Lo que puedes dejar preparado sin convertir la casa en un búnker

La preparación tranquila es aburrida y se hace en una tarde. Anclar a la pared las estanterías altas, la cómoda del pasillo y el televisor; mover los cuadros pesados y los espejos grandes de encima de los cabeceros; dejar una linterna y unos zapatos cerrados debajo de cada cama. Saber dónde está la llave de paso del agua, la del gas si la hay, y el cuadro eléctrico, y que lo sepan también los adolescentes de la casa.

Después, lo doméstico: unas garrafas de agua y algo de comida que no necesite nevera, rotando con la compra normal para que no caduque; una copia digital de los documentos importantes; un botiquín revisado. Y dos acuerdos familiares que valen para cualquier imprevisto: un punto de encuentro fuera del edificio y una persona de contacto que viva en otra ciudad, porque a veces es más fácil localizarse a través de un tercero. Practicarlo dos minutos, en tono de juego, hace que los niños lo recuerden sin miedo.

¿Cómo explico a un niño que la tierra se mueve sin asustarlo?

Con verdad, pero en dosis pequeñas y siempre terminando en seguridad: qué ha pasado, que ya ha pasado, y qué hacemos nosotros para estar bien. Si la explicación acaba en una acción concreta —"por eso hemos puesto la linterna aquí"— el niño se queda con la sensación de que los adultos tienen un plan, que es justo lo que necesita para volver a dormir.

¿Y si la que no duerme soy yo?

Es más común de lo que parece, sobre todo si ya venías cansada o si el susto te pilló sola en casa. Ayuda reducir la exposición a vídeos y comentarios, mantener los horarios de sueño, mover el cuerpo durante el día y contarlo en voz alta a alguien de confianza en lugar de darle vueltas por dentro. Si pasadas unas semanas sigues con insomnio, sobresaltos o evitando quedarte sola en casa, no lo normalices: háblalo con tu médico o con un profesional de la salud mental, que para eso están.

Sobre la autora

Margarita Lobo

Margarita Lobo escribe sobre relaciones, familia y el clima emocional silencioso que lo moldea todo. Le interesan las piezas que otras columnas esquivan — los suegros, el perro, la amistad que se volvió rara a los treinta — y las trata con el mismo cuidado que los asuntos grandes.

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