Hay dos clases de baby shower: el que parece una sesión de fotos con invitadas de pie sosteniendo un vaso, y el que acaba con todo el mundo sentado en el sofá, riéndose, mientras la futura madre abre una caja de bodis diminutos. El segundo no requiere más presupuesto, requiere más criterio. Y, sobre todo, requiere una cosa que casi nunca se hace: preguntar antes qué le apetece a ella.
Lo primero no es la decoración, es el tono
Antes de buscar ideas, decide con la futura madre tres cosas: cuánta gente, cuánta exposición y cuánta sorpresa. Hay mujeres a las que les encanta ser el centro durante tres horas y otras que llevan semanas durmiendo mal y prefieren seis personas y una merienda larga. La sorpresa total, por cierto, es el formato más arriesgado: implica que ella no elige la fecha, ni la ropa, ni el nivel de energía con el que llega. Si quieres mantener algo de misterio, avisa del día y la hora y guarda la sorpresa para el contenido.
Con el tono decidido, lo demás se ordena solo. Una reunión pequeña en casa pide mesa de picoteo y sillas suficientes. Una celebración de quince personas pide un espacio con baño cómodo, algo de sombra o calefacción según la época, y un plan B si llueve. Lo que no pide ninguna de las dos es una decoración de revista: dos o tres elementos bien puestos (flores, un mantel bonito, velas si no hay niños pequeños correteando) hacen más que una pared de globos que tardas tres horas en montar.






