Los baby showers han pasado de ser algo exótico a formar parte del calendario de casi cualquier grupo de amigas, y con ellos ha llegado una presión rara: globos a juego, letras doradas, una mesa dulce digna de escaparate. Y luego está la realidad, que es una embarazada de ocho meses con los tobillos hinchados que lo que quiere es sentarse en un sofá cómodo, comer algo rico y que no la obliguen a adivinar sabores de potitos con los ojos vendados. La buena noticia es que la versión sencilla es casi siempre la mejor versión.
Primero, pregúntale a ella (y toma tres decisiones)
Antes de reservar nada conviene saber qué quiere la protagonista: si prefiere pocas personas o muchas, si le apetece juegos o solo charlar, si quiere que se sepa el nombre del bebé o prefiere no hablar del tema todo el rato. Hay quien disfruta siendo el centro y quien se agobia; ambas cosas son válidas.
Con eso claro, toma tres decisiones y no las toques más: fecha, duración y lista de invitadas. La duración es la más importante y la que nadie fija: dos horas y media está bien. Una celebración con hora de inicio y final implícito —por ejemplo, de cinco a siete y media de la tarde— evita el momento incómodo en el que la homenajeada está agotada y nadie se atreve a irse primero.
Un menú que se prepara el día antes
La clave de una anfitriona tranquila es que el noventa por ciento de la comida esté hecha cuando suene el timbre. Yo monto siempre la misma estructura: dos cosas para picar que se comen de pie, una cosa caliente sencilla, algo dulce y una bebida especial sin alcohol.
Para picar funcionan muy bien un hummus con crudités, una tabla de quesos con fruta de temporada —en octubre, uvas, higos si quedan, manzana— y unas tostaditas con tomate y anchoa. Lo caliente puede ser una tortilla de patata generosa o una quiche de verduras que se hornea por la mañana y se sirve templada. Para el dulce, un bizcocho de yogur con limón o una tarta de queso al horno; ambos están mejor hechos de un día para otro. Y una jarra grande de agua con rodajas de naranja, menta y un poco de jengibre, que es bonita, apetece y no deja a nadie fuera.
Si vas a pedir ayuda, pídela en concreto. "Trae algo" genera cuatro bolsas de patatas; "¿te encargas de traer el pan y dos bolsas de hielo?" resuelve de verdad.
Juegos sí, pero de los que no avergüenzan
El error clásico es escoger dinámicas que exponen a la embarazada —medirle la tripa con un cordel, adivinar cuántos kilos ha ganado— o que dejan en evidencia a las invitadas. Hay alternativas mucho más amables que, además, dejan un recuerdo.
Funciona muy bien el libro de deseos: unas tarjetas en una cesta donde cada persona escribe un consejo, una frase o un recuerdo de su propia infancia, y que luego se guarda. También la "caja de las primeras veces", en la que cada invitada escribe un mensaje para abrir en un momento concreto: la primera noche sin dormir, el primer cumpleaños, el primer día de guardería. Y si queréis algo más movido, una ronda de predicciones —fecha de nacimiento, peso, a quién se parecerá— escritas en una pizarra, que se comprueba después y da una excusa estupenda para reunirse otra vez.
Decoración honesta y presupuesto bajo control
Con una mesa bien compuesta basta: un mantel liso, flores de temporada del mercado en tres jarroncitos distintos, velas si es por la tarde y la vajilla que ya tienes aunque no haga juego. Si quieres algo temático, elige dos colores y repítelos; es lo que hace que una mesa parezca pensada. Guarda el presupuesto para la comida y para una silla cómoda con cojines para ella, que es el único elemento realmente imprescindible.
¿Cuándo es el mejor momento para hacer un baby shower?
Lo habitual es organizarlo en las últimas semanas del embarazo, cuando la barriga ya se nota y la ilusión está alta, pero sin apurar hasta la fecha prevista de parto. Un punto razonable es entre el séptimo y el principio del noveno mes, dejando margen por si el bebé se adelanta. Si el embarazo está siendo complicado o hay reposo indicado, lo más considerado es preguntar y estar dispuesta a trasladar la celebración a casa de ella o incluso a después del nacimiento.
¿Quién organiza un baby shower y quién paga?
Lo tradicional es que lo organice alguien del círculo cercano —una hermana, una amiga, un grupo de compañeras— y no la propia embarazada, precisamente para que ella no tenga que ocuparse de nada. En cuanto al gasto, la fórmula que menos tensiones genera es repartirlo entre quienes organizan y dejar claro desde la invitación si se espera regalo o no. Decir abiertamente "sin regalos, solo venid" o acordar un regalo conjunto evita comparaciones incómodas y hace que todo el mundo llegue relajado.











