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Cómo organizar un baby shower que la futura madre disfrute de verdad

Margarita Lobo4 min de lectura
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Cómo organizar un baby shower que la futura madre disfrute de verdad — Familia
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He acompañado suficientes baby showers para saber que hay dos tipos: los que la protagonista recuerda con cariño y los que aguanta con una sonrisa tensa mientras alguien le mide la barriga con un metro de cinta. La diferencia no está en el presupuesto ni en la decoración, sino en una pregunta que muchas veces no se hace: qué querría ella. Un embarazo avanzado, con calor, cansancio y emociones a flor de piel, no es el mejor momento para una sorpresa masiva.

Primero preguntar, luego organizar

La sorpresa total suena romántica y funciona fatal. No porque falte ilusión, sino porque nadie sabe cómo va a estar esa mujer ese día concreto. Lo que sí puede ser sorpresa son los detalles: el pastel, la decoración, un regalo colectivo. La estructura conviene acordarla con ella.

Tres preguntas resuelven casi todo. ¿Cuánta gente te apetece tener alrededor: cinco personas o veinticinco? ¿Prefieres casa, jardín, terraza de restaurante? ¿Hay alguien que preferirías que no estuviera, o alguien que sí, sin discusión? A veces la respuesta más honesta es «una merienda con cuatro amigas», y hay que respetarlo aunque la familia extensa se sienta excluida.

En cuanto al momento, lo más cómodo suele ser entre el séptimo y el octavo mes: la barriga ya está, el cansancio final aún no aprieta y queda margen para comprar lo que falte. Y en pleno verano, mejor a última hora de la tarde, con sombra, sillas de respaldo y agua fresca a la vista. Dos o tres horas es duración suficiente; alargarlo no lo hace más bonito.

Juegos sí, incomodidad no

Aquí está el gran nudo. Hay dinámicas que se han hecho tradición y que en realidad giran alrededor del cuerpo ajeno: medir la cintura, hacer apuestas sobre el peso, comentar cómo se le ha puesto la cara. Nada de eso hace gracia cuando eres tú la medida. Tampoco funcionan bien los juegos que exigen a las invitadas contar partos difíciles con lujo de detalle: hay quien viene con pérdidas, tratamientos de fertilidad o duelos que nadie conoce.

Lo que sí crea buen clima: un libro o tarjetas donde cada persona escribe un consejo corto o un deseo, para leer en las noches raras de los primeros meses. Una lavandería de recuerdos: cada invitada cuenta en dos minutos algo que le habría gustado saber, sin dramatismo. Una mesa donde se decoran bodies de algodón con rotuladores de tela. Un bingo suave de nombres de bebé. Y música de fondo, que evita esos silencios en los que alguien acaba lanzando una pregunta sobre lactancia que nadie ha pedido.

Regalos y comida: práctico gana a espectacular

El error clásico es la montaña de peluches. Lo que más se agradece a las tres semanas de parto es otra cosa: pañales de distintas tallas, toallitas, cremas, sábanas de cuna, muselinas, un termómetro, una lámpara de luz cálida para las tomas nocturnas. Si hay confianza, una lista compartida evita duplicados y regalos que ocupan sitio. Y si el grupo es grande, un regalo colectivo de más valor (silla, portabebés, mochila) tiene mucho más sentido que quince pequeños.

Mi propuesta favorita, y la más barata, es el calendario de comidas: cada persona se apunta a un día de las tres primeras semanas después del nacimiento y lleva una fiambrera de comida casera, dejada en la puerta, sin quedarse a visitar salvo que se le invite. Cuesta poco y se recuerda durante años.

Para la comida del propio día, formato picoteo frío: fruta, quesos, empanadas, ensaladas contundentes, algo dulce, bebidas sin alcohol dignas y no solo refrescos. Etiqueta lo que lleva cosas que ella no puede comer y evita hacer un discurso sobre lo que puede o no puede tomar. Una embarazada no necesita más supervisores.

¿Se puede hacer un baby shower sin juegos ni discursos?

Por supuesto, y muchas veces sale mejor. Una merienda tranquila con buena comida, música y conversación cumple exactamente la misma función: que la futura madre se sienta rodeada antes de un cambio grande. Si te da miedo que se haga plano, prepara solo un momento común —abrir los regalos juntas o escribir los mensajes en un libro— y deja el resto libre.

¿Quién debería organizarlo y quién paga?

La costumbre es que lo organicen amigas cercanas, una hermana o una prima, precisamente para que la protagonista no tenga que gestionar su propia fiesta. Sobre el dinero, lo más limpio es que quienes organizan repartan los gastos entre ellas y lo digan claro desde el principio, con una cifra por persona que nadie se vea obligado a igualar en silencio. Si alguien no puede aportar, siempre hay maneras de participar sin gastar: cocinar algo, encargarse de la música o llevar las sillas.

Sobre la autora

Margarita Lobo

Margarita Lobo escribe sobre relaciones, familia y el clima emocional silencioso que lo moldea todo. Le interesan las piezas que otras columnas esquivan — los suegros, el perro, la amistad que se volvió rara a los treinta — y las trata con el mismo cuidado que los asuntos grandes.

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