De niña, el teatro formaba parte natural de mi vida. Íbamos con grupos del jardín y la escuela a ver funciones, teatro de marionetas, vestidos de gala, un poco inquietos en las butacas. No había duda de que íbamos – simplemente íbamos. En ese entonces, el teatro era más un evento que una experiencia: algo que nos pasaba, pero no necesariamente algo que sentíamos dentro.
Así se mantuvo por mucho tiempo. Me gustaba, pero no era una pasión. No buscaba las funciones conscientemente, simplemente me dejaba llevar, como con tantas otras cosas en la juventud.
El “amor” comenzó tras bambalinas
Mi verdadero amor por el teatro llegó más tarde. Hace más de 10 años, durante mis años de secundaria, tuve la oportunidad de trabajar en un teatro por algunos meses. Esa etapa lo cambió todo. El ritmo de los ensayos, la emoción antes de la función, el extraño equilibrio entre el silencio y el caos detrás del escenario se volvieron familiares.
Fue la primera vez que no solo me conecté con el teatro como espectadora, sino también como parte activa. Me encantaba ver la misma función una y otra vez, descubriendo cada vez algo nuevo: un matiz, un gesto, una mirada. Esta experiencia, al igual que mis recuerdos infantiles, está ligada a un teatro provincial, y quizás no es casualidad. Estos espacios tienen algo muy humano, muy cercano.
Escapadas urbanas, raíces rurales
Como adulta, elijo con más conciencia. De vez en cuando, si una función en Budapest realmente me llama la atención, planeamos pasar unos días en la capital y que esa noche sea el punto culminante del viaje. Sin embargo, mi experiencia teatral más intensa no está ligada exclusivamente a Budapest.
Al contrario: está ligada a esa sensación de que una función te "alcanza", sin importar dónde se represente.
Una obra que se grabó en mi memoria
Por primera vez me fijé en la función El principio/el fin del grupo teatral Loupe en 2024, cuando vi que se presentaría en mi ciudad natal. La historia me tocó desde la primera lectura, así que compré la entrada sin pensarlo. Esperaba que me gustara, pero no que me acompañara por días, semanas, meses, quizás para siempre.
Esta obra habla de decisiones, responsabilidad y compromiso a través de la vida de una pareja joven — todo aquello que solemos posponer con un “lo hablaremos después, lo resolveremos, de alguna forma saldrá”. Trata esa extraña sensación entre dos mundos: cuando el cambio es inevitable, pero aún nos aferramos a lo viejo.

Cuando vemos cosas distintas bajo la misma luz
Una de las escenas más memorables para mí fue un momento pequeño y cotidiano. Luca le pide una y otra vez a Peti que cambie la bombilla parpadeante. Ella la ve, sabe que hay un problema. Pero Peti siempre mira justo cuando la luz funciona bien. Para él, no hay problema.
Esta escena sencilla mostró con dolorosa precisión lo fácil que es malinterpretarnos en el día a día. Cómo podemos mirar la misma situación y ver cosas muy diferentes. Y cuánto depende de nuestra disposición para creer en la experiencia del otro.
Equilibrio — literal y figurado
El principio/el fin es especial no solo en su historia, sino también en su forma. Las escenas con elementos circenses, la música en vivo, el movimiento y los diálogos crean una experiencia artística completa. Aquí, el equilibrio no es solo una metáfora, sino una realidad física. Y como plus, la actuación de Eszter Földes, Áron Molnár y Tamás Mohai me pareció auténtica y cautivadora de principio a fin.
Esta función realmente muestra cuántos roles hay que cumplir en una relación moderna y lo difícil que es encontrar equilibrio entre ellos. Cuándo actuar, cuándo esperar y cuándo simplemente estar presente.
Lo que me llevé conmigo
Al salir del teatro, sentí de inmediato que esta función era más que un simple entretenimiento, más que un plan cultural. Fue la primera vez que una obra teatral cambió mis días por mucho tiempo. Me volví más atenta. Más paciente. Más comprensiva — con los demás y un poco conmigo misma.
Me hizo ver el gran valor que tiene un verdadero compañero.
Alguien que no necesariamente ve el mundo igual que nosotros, pero está dispuesto a mirar esa luz parpadeante — incluso cuando no ve el defecto.
Quizás por eso hoy amo el teatro de verdad. Porque a veces no solo regala una buena noche, sino también una nueva perspectiva. Y eso basta para vivir nuestros días un poco diferente.











