Volví de vacaciones con la nevera casi vacía y la despensa absurdamente llena. Esa contradicción tan de septiembre —no tengo nada para cenar mientras tres estantes rebosan— me llevó a proponerme algo sencillo: durante dos semanas, cocinaría con lo que ya había en casa. Solo permitiría comprar producto fresco básico: verdura, fruta, huevos, algo de lácteo. Ni una lata más, ni un paquete de pasta nuevo, ni ese bote de salsa que compro siempre por si acaso. Iba a ser un ejercicio de ahorro y acabó siendo otra cosa.
El inventario que no quería hacer
Empecé sacándolo todo a la mesa de la cocina, que es la parte que da pereza y la que lo cambia todo. Aparecieron cuatro paquetes de lentejas abiertos, tres tipos de arroz, un bote de garbanzos cocidos escondido detrás de las especias, harina de garbanzo comprada con mucha ilusión y usada una vez, dos latas de atún, medio saco de cebollas y, en el congelador, unas verduras en trozos y un tupper de sofrito de tomate de hace meses etiquetado con letra optimista.
Revisé fechas y descarté lo que estaba claramente pasado, sin heroicidades. Con el resto hice tres listas en un papel: lo que hay que gastar ya, lo que aguanta, y lo que no sé cómo usar. Esa tercera lista fue la más interesante, porque es exactamente el motivo por el que la despensa se llena: compramos ingredientes para una versión de nosotras que cocina de otra manera.






