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El arte de disfrutar: cuatro lecciones de España que necesitamos aplicar en nuestra vida

Szabó Erzsébet5 min de lectura
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El arte de disfrutar: cuatro lecciones de España que necesitamos aplicar en nuestra vida — Estilo de vida
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A veces caemos en la trampa de tratar la vida cotidiana como una carrera de obstáculos: de la primera alarma del móvil a la última tarea del día, tachando pendientes sin parar. Y cuando por fin paramos un momento, la culpa no tarda en aparecer: «Debería estar siendo más productiva».

Fue durante un viaje a España, antes de que llegara la avalancha de turistas del verano, cuando entendí que existe una forma completamente distinta de habitar el tiempo. Con los locales aún dueños de sus calles y playas, pude absorber con calma esa armonía natural que los españoles llaman simplemente disfrutar. Y desde entonces, no he podido dejar de pensar en ello.

Lección 1: Mañana — no todo tiene que ser ahora

Aunque ya conocía algunas islas españolas y había pasado por el sur del país en una escapada rápida, fue en este viaje donde el ritmo tradicional de España me mostró su verdadera cara. Resulta fascinante comprobar cómo cambia la percepción del tiempo cuando dejas que sea la naturaleza quien marque el paso.

En España el sol sale más tarde y se pone mucho más tarde. Y los locales se han adaptado a ese «retraso» con una flexibilidad que desafía cualquier agenda.

Yo, esclava de mis rutinas de casa, bajé a la playa antes de las siete de la mañana. Mi gran sorpresa: solo gaviotas. Unos días después, rendida, adopté el horario local y no salí hasta pasadas las ocho. Tampoco había multitudes, solo algún paseador de perros, y casi todos resultaron ser extranjeros afincados en la zona. Los españoles de verdad aún dormían, o tomaban su café con calma detrás de las persianas bajadas. Sin prisas. Sabían que el día era largo y que habría tiempo para todo.

Lección 2: La siesta — el arte de parar a mitad del día

Lo que nosotros llamamos pereza matutina es, en realidad, el comienzo de un ritmo diario construido con intención. Cuando las mañanas se convierten en tardes y el calor aprieta, el estilo de vida español cambia de marcha de una forma que, al principio, puede resultar desconcertante.

Ver cómo la gente baja la persiana sin el menor atisbo de culpa en pleno mediodía y el mundo entero se queda en silencio durante horas es, sencillamente, liberador. Los restaurantes de la costa no abren antes de las ocho de la tarde. Los supermercados, incluso las grandes cadenas, no hacen drama si abren cinco minutos tarde. Los empleados colocan la mercancía en los estantes mientras los clientes ya están comprando, porque el trabajo empieza cuando empieza, y ni el turista ni el vecino lo van a cambiar.

La siesta no es un capricho ni un cliché: es un recordatorio de que tu trabajo no es el único propósito de tu existencia, sino solo una parte de ese todo colorido que llamamos vida.

Lección 3: La sobremesa — el poder curativo de quedarse en la mesa

Los españoles tienen otra palabra maravillosa: sobremesa. Ese espacio de tiempo que ocurre cuando la comida ya ha terminado pero nadie se levanta. Se habla, se ríe, se comparten ideas, y a nadie se le pasa por la cabeza irse corriendo a fregar los platos.

No voy a mentir: no conseguí hacer mía esa calma en solo una semana. El espíritu explorador que llevo dentro quería seguir moviéndose, ver más, acumular más experiencias. Pero solo con observar que ese modo de existir es posible sentí que algo dentro de mí se relajaba. Y hubo un momento especialmente revelador: eran las nueve de la noche cuando el camarero nos preguntó, con toda la naturalidad del mundo, si queríamos un café con el postre. Sin urgencia. Sin la mirada de «¿cuándo os vais?».

Lección 4: El paseo — moverse sin que parezca ejercicio

En los últimos años hemos convertido el ejercicio en una obligación más de la lista de tareas. Nos han convencido de que llevar una vida activa significa sudar en el gimnasio, contar calorías o mirar obsesivamente el reloj de pulsera. En las playas españolas vi algo completamente distinto.

Mientras estaba sentada observando, me di cuenta de que los mismos grupos de personas pasaban una y otra vez frente a mí. No era casualidad ni coincidencia. A lo largo de interminables orillas, personas de todas las edades, complexiones y géneros paseaban sin rumbo fijo: con el agua por los tobillos, charlando y riendo con su mejor amiga o con su familia, resolviendo los grandes asuntos de la vida sin darse cuenta.

El movimiento aquí no es una obligación. Es el fondo natural e inevitable de la vida.

Caminar sobre arena mojada y contra la resistencia del agua trabaja los músculos con suavidad pero con eficacia, activa la circulación y masajea la planta de los pies. Cuando esas conversaciones alegres llegan a su fin, los paseantes han dado entre ocho y diez mil pasos sin haber mirado el reloj ni una sola vez.

En el avión de vuelta a casa pensé en cómo meter esa ligereza sin horarios ni obligaciones en mi maleta. Porque no hace falta viajar a España para bajar la persiana sin culpa a mediodía o para quedarse charlando en la mesa después de cenar. Las cuatro lecciones que me llevé de allí giran, en realidad, alrededor de una sola verdad: la vida no está hecha para controlarla, sino para vivirla.

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