Al acercarme a los cuarenta, noto cada vez más que el tiempo no solo me ha quitado cosas, sino que también me ha dado mucho. Claro, están las patas de gallo, a veces cruje mi rodilla, y después de una noche larga de sábado, ya no me revive un vaso de jugo de naranja y una hamburguesa al día siguiente por la mañana.
Pero también gané algo que a los veinte no entendía: experiencia, autoconocimiento y quizá un poco de sabiduría. En el trabajo, en las relaciones, en la amistad y hasta en cómo me trato a mí mismo, soy mucho más consciente que antes. No es nada raro: a medida que avanzamos en la vida, aprendemos más sobre nosotros y el mundo, y como todos, he incorporado ese aprendizaje a mi caja de herramientas. Ya no me agoto tan rápido, no caigo en todos los “tengo que”, y no busco agradar a todos.
Pero conforme envejezco, me pregunto más seguido: ¿es eso todo el crecimiento? ¿Basta con que el tiempo nos haga más sabios?
Si vemos la vida como un camino de aprendizaje para ser cada vez mejores personas, ¿no sería igual de importante ser no solo más sabios, sino también más amables?

La sabiduría es sin duda una virtud valiosa, pero a menudo crea distancia: esa calma de “ya lo he visto todo” que puede volvernos cínicos, especialmente si ya tenemos esa tendencia. Y sé que yo la tengo. Mi humor es sarcástico, juzgo rápido, y a lo largo de los años me he reído de situaciones que en realidad merecían comprensión.
Ahora intento ver estas cosas de otra manera. Así como trato de ser paciente con mi cuerpo, también lo soy con las personas. Cuando alguien me habla con irritación, ya no reacciono de inmediato. Primero intento entender qué hay detrás. Quizá solo tuvo un mal día, está cansado o algo más le duele. Y mientras presto atención a eso, noto que algo dentro de mí también se calma.
Practicar la amabilidad es hoy parte de mi desarrollo personal, igual que el ejercicio o la lectura. Me esfuerzo por no convertirme en esa persona que se encoge de hombros y solo repite: “antes todo era mejor…” He aprendido mucho sobre lo que funciona y lo que no, pero ahora quiero aprender a comunicar ese conocimiento con cariño y respeto.
Con los años veo cada vez más claro que ahora se define qué tipo de persona seré en la vejez. Así como cuido lo que como y cuánto me muevo para que mi cuerpo me lo agradezca después, intento “entrenar” también mi alma. Pulir el cinismo y hacer espacio para la empatía.
Creo que una señora mayor con humor seco, pero amable y comprensiva, será mejor compañía para todos, incluido yo mismo, que una anciana amargada. Por eso quiero ser esa persona: por mí y por los demás.











