Hay algo especialmente inquietante en la idea de que en una reunión de clase no solo te encuentres con viejos amigos, sino también con alguien del pasado que desearías olvidar. Sé que él estará allí. Mi profesor de educación física. Esa persona que de niño me despertaba con un nudo en el estómago cada mañana de clase de gimnasia.
Era buen estudiante, con buena conducta, participaba en concursos de literatura y matemáticas, pero en gimnasia, y lo admito, no era hábil. Más bien al contrario. Corría más lento y era menos coordinado que los demás. Y él no solo lo notaba, sino que me lo hacía saber constantemente. En voz alta. Frente a toda la clase. Gritando, humillándome mientras los demás se reían o al menos no decían nada. En aquella época, en una escuela pequeña de los años 90, esto no era raro.
Hoy lo llamaríamos por su nombre: abuso verbal.
No digo que sin heridas emocionales, pero sobreviví la escuela primaria y luego fui a un instituto en una ciudad cercana. Él se quedó. Siguió enseñando, llevó equipos de balonmano a competencias, ganó premios y reconocimientos, y luego se jubiló. Yo fui a la universidad, pero llevé conmigo a un niño ansioso de diez años que aún se estremece cuando alguien levanta la voz.

Ahora estaremos en el mismo lugar, veinte años después. Y surge la pregunta: ¿qué hago con esta situación? ¿Qué le digo si me sonríe? ¿Si me habla como si nada hubiera pasado?
La primera reacción instintiva es contarle todo, descargar todo mi dolor. Decir lo que no pude entonces. Enfrentarlo con el impacto que tuvo en mí. Que por un momento dude de la idea de que fue un buen profesor. Porque no lo fue.
Pero siendo honesta conmigo misma, ese deseo es más por venganza que por sanación.
La psicología dice que uno de los mayores mitos es que para seguir adelante necesitamos un cierre. Que debemos hablar con quien nos lastimó, escuchar una disculpa o llegar al perdón.
En realidad, esto muchas veces no ayuda y solo reabre viejas heridas. El cierre no es una conversación, sino una decisión interna.
Desde esta perspectiva, la pregunta no es qué merece él, sino qué me sirve a mí.

Ya no tiene poder sobre mí
¿Merezco quitarle la creencia de que fue un buen profesor? Probablemente sí. Pero ¿me hará sentir mejor? No estoy segura. Quizás solo me daría una satisfacción amarga y breve, y después seguiría cargando con el mismo pasado.
Lo que sí sé es que hoy ya no tiene poder sobre mí. No enseña, no evalúa, no me humilla frente a nadie. Y lo más importante: no puede hacerme daño a mí ni a otros.
Por eso, cada vez siento más que no le debo nada. Ni una confrontación ni una sonrisa amable. No tengo que participar en una conversación que no quiero, ni decir nada esperando que eso "arregle el pasado", porque nada cambiará lo que pasó.
Tal vez si se acerca y me habla, simplemente me dé la vuelta y me vaya. No como una salida dramática o castigo, sino como un límite claro. Porque mi paz interior ahora vale más que cualquier justicia tardía.











