Últimamente he sentido muchas veces que necesito una varita mágica que lo sepa todo, o al menos un nuevo manual para entender a mi hijo. Varias veces fue como si de un día para otro se agotaran mis recursos confiables. Aquellas “sanciones” y soluciones que funcionaban casi solas durante años, ahora simplemente no le afectan. A veces sentía que no era el mismo niño el que volvía de la escuela que el que había dejado salir por la mañana.
Esta preadolescencia es una verdadera montaña rusa. Un día es indiferente, responde con desdén, imposible cooperar o entenderse; al siguiente, aparece esa niña sensible, amable y atenta que he criado. Es como si se acercara y alejara a la vez, mientras yo estoy aquí como mamá, tratando de entender realmente dónde estamos.

No es un problema conmigo, pero tampoco con ella
Buscando cómo sobrevivir, encontré una investigación que me tocó el corazón y al mismo tiempo me tranquilizó: lo que pasa es normal. Analizando las experiencias de miles de madres, los expertos concluyeron que la etapa emocionalmente más difícil para los padres no es la de recién nacidos ni la de dejar ir cuando se vuelven adultos, sino mucho más cuando los hijos tienen entre 10 y 15 años.
En esta etapa, las madres reportan más estrés, soledad y desánimo. Hay menos momentos de éxito y menos señales que digan: “no te preocupes, lo estás haciendo bien”. Esto duele especialmente porque se invierte mucha energía en conectar, manejar conflictos y estar presentes en la vida de nuestros hijos.
De niño adorable a preadolescente desafiante
Esta etapa es dura para muchos padres porque el cambio parece muy repentino. Ayer pedía cuentos y abrazos antes de dormir, hoy se retira sin decir palabra y cierra la puerta, encogiéndose de hombros si pregunto. Los cambios hormonales, la madurez emocional y las relaciones con sus pares llegan todos a la vez — y con ellos, a nosotros también.
En esta edad, los niños aprenden cómo funcionan las relaciones sociales. Se profundizan algunas amistades, otras se rompen (en nuestro caso, casi a diario), aparece la exclusión y las burlas, más o menos sutiles. Los preadolescentes ya pueden ponerse en el lugar del otro, pero a veces lastiman a propósito. No porque sean malos, sino porque intentan hacerse valer con torpeza y falta de experiencia.
Como padres, manejar este cambio es difícil, y más aún cuando otros padres reaccionan desde el rol infantil: hacen escenas convencidos de que su hijo es perfecto, hace todo bien y solo puede ser víctima.

La distancia no es rechazo
Es natural que los niños miren más hacia afuera en esta etapa, buscando afinidad con sus pares y mostrando terquedad por su deseo de independencia. Para mí fue extraño porque prácticamente “saltamos” la clásica etapa de los tres años. Siempre podíamos hablar de todo, y si mi hija veía lógica, cooperaba mucho. Pero ahora me enfrento una y otra vez a que discute, argumenta y, en el mejor de los casos, negocia. En el peor, que es más común, tengo que recordarle que sigo siendo su madre y que por ahora yo decido en la mayoría de las cosas.
Para tranquilizarte: todo esto es porque quieren verse competentes, inteligentes y capaces de decidir. Para nosotros puede ser agotador, pero es señal de que su pensamiento y regulación emocional están creciendo.
Como mamá de niña, siento esta dinámica con mucha intensidad
Muchas veces tenemos más conflictos porque mi hija sabe presionar puntos sensibles que ni siquiera sabíamos que existían. He vivido situaciones que solo entendí después: en una constelación familiar o terapia individual, comprendí por qué reaccioné así. Con ese entendimiento pude transformar los momentos más difíciles. Acepté que mi hija me sana solo con crecer, porque también me invita a conocerme mejor (aunque a veces siento que me obliga).

Si alguien tuvo una relación difícil con su propia madre, esta etapa puede ser aún más dolorosa, porque los sentimientos no expresados y las heridas o traumas antiguos pueden reabrirse…
Leí en algún lugar que una de las esencias de la adolescencia —dicho un poco provocativamente— es que padres e hijos se distancien lo suficiente para no querer vivir bajo el mismo techo a largo plazo. Así, los hijos se motivan a empezar una vida independiente, separarse y formar su propia familia. Es una idea que invita a reflexionar y a veces tranquiliza.
Aún queda tiempo para eso, y en los próximos años seguramente tendré que aprender muchas habilidades nuevas. Entre ellas, que el apoyo parental no siempre es control, sino estar al lado de nuestros hijos mientras aprenden a manejarse solos. Escuchamos, preguntamos, ponemos límites y marcos, pero también damos espacio. Así, la distancia silenciosa no es una “ruptura”, sino un respiro que me permite verme a mí misma desde otra perspectiva.











