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Es hora de hacer las paces con tu ego. No es un enemigo, sino un aliado interior

Szabó Erzsébet4 min de lectura
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Es hora de hacer las paces con tu ego. No es un enemigo, sino un aliado interior — Estilo de vida
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Durante mucho tiempo sentí que la palabra “ego” era casi un insulto. De niño me enseñaron a no ser presumido, a no alardear ni pensar que soy mejor que los demás.

Así que cuando llegaron mis éxitos, siempre daba un paso atrás. Tenía miedo de parecer arrogante, por eso bajaba el volumen de mí mismo, como si girara una radio hacia abajo. Estoy seguro de que muchos de ustedes sienten lo mismo: ¿cuántas veces no has dicho de lo que estás orgulloso solo por miedo a que los demás te vean como “demasiado”?

¿Qué es un ego saludable y por qué no es un enemigo?

Los psicólogos dicen que el ego es nuestra brújula interna que nos ayuda a equilibrar nuestros deseos, nuestra conciencia y las expectativas externas. Piensa en lo importante que es esto en la vida diaria: cuando dices no a un plan agotador porque prefieres descansar, tu ego protege tus límites. Cuando defiendes una idea en el trabajo aunque todos piensen diferente, tu ego te saca de la duda. Y cuando dices: “Merezco estas vacaciones porque trabajé mucho”, no es arrogancia, es una autoestima saludable.

Antes solía ser demasiado realista conmigo mismo: me medía, comparaba mis resultados con otros y solo veía errores y carencias. Desde que acepté que mi ego me ayuda, avanzo con más valentía y disfruto más, porque ya no me niego el bien.

Es hora de hacer las paces con tu ego

Cuando por primera vez pensé: “sí, puedo sentirme orgulloso de esto”, algo cambió en mí. Ya no buscaba ser perfecto, sino valorar lo que había logrado. Por ejemplo, antes si recibía un cumplido por mi trabajo, lo minimizaba: “nada, lo tengo dominado”. Ahora sonrío y digo: “gracias, realmente trabajé mucho”. Parece pequeño, pero es un gran paso porque no dejo que mi autocrítica me derribe.

Seguramente conoces a alguien que siempre es humilde y nunca reconoce su aporte al éxito, dejando que otros se lleven todo el mérito. Pero si todos se quedaran en segundo plano, escucharíamos y veríamos muchas menos historias inspiradoras y valientes. Cuando tienes el valor de compartir tus logros, ayudas a otros a encontrar un camino mejor.

Por supuesto, el ego es un arma de doble filo

Si crece demasiado, puede llevar a la arrogancia; si es muy pequeño, genera autocrítica constante. Por ejemplo, yo solía exagerar mis errores: tras un pequeño desliz, me pasaba días dándole vueltas a lo que “habrá pensado el otro”.

En otros pasa lo contrario: su ego es tan fuerte que no soportan ninguna crítica y solo repiten su verdad en todas las situaciones.

Encontrar el equilibrio no es fácil, pero es liberador. Un ego saludable no significa verse mejor que los demás, sino conocer tus valores y tener el coraje de cambiar cuando sea necesario.

El ego es nuestro coraje cotidiano

Le debo a mi ego que ya no tema tanto a los errores y que hoy acepte nuevos proyectos con gusto. Mi ego no me deja hundirme en la duda, y por eso a menudo soy más creativo y enérgico. Piensa: cuando decides postular a un nuevo trabajo o le dices a tu pareja lo que deseas, eso es el valor silencioso de tu ego. No es arrogancia, es fe en ti y en tu valor.

Ahora creo que el ego no es algo de lo que avergonzarse, sino un compañero interior. A veces es muy ruidoso, otras casi imperceptible, pero si aprendemos a convivir con él, puede ser una fuente enorme de fuerza. No se trata de menospreciar o subestimar a otros, sino de conocer y vivir nuestros propios valores sin miedo.

La próxima vez que sientas que eres “demasiado”, detente un momento y piensa: ¿quizás ese extra es justo lo que te impulsa hacia adelante? ¡Mírate con otros ojos! Si fuera tu mejor amiga quien hiciera lo mismo, ¿la verías como un egoísta presumido?

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