Artículo de opinión
Como muchos, esperaba la nueva temporada de Euphoria con una mezcla de emoción y cierto nerviosismo. La primera temporada me atrapó por completo: ese humor oscuro, esa sensibilidad extrañamente tierna con la que la serie retrataba el mundo adolescente. Cada escena tenía peso. Cada gesto escondía algo no dicho.
Sabía que repetir esa sensación iba a ser difícil. Pero no imaginaba que la tercera temporada fuera a decepcionar tanto, ni de esta manera.
Provocación sin propósito
Lo primero que llama la atención es la desorientación total de la serie. El equilibrio que antes existía entre la provocación y la sensibilidad ha desaparecido por completo. Lo que antes se sentía visceral y honesto, ahora resulta gratuito la mayor parte del tiempo. Es como si cada escena se preguntara «¿hasta dónde podemos llegar?» en lugar de «¿qué queremos decir con esto?».
El escándalo ya no es un medio, sino el fin en sí mismo. Y cuando detrás de las imágenes más perturbadoras no hay nada que justifique haberlas visto, todo se vuelve mucho más difícil de digerir.
Especialmente cuando, además, casi no hay trama. No hay arcos narrativos, no hay consecuencias reales, no hay verdaderos puntos de inflexión. Solo escenas encadenadas que a veces son espectaculares, a veces impactantes, pero pocas veces importantes.
Los personajes no han ido a ningún lado
Y claro, tampoco hay nadie a quien le pueda pasar algo: los personajes no han evolucionado. Han pasado años, pero todos siguen exactamente donde los dejamos en el instituto.
Nate sigue intentando aparentar una dureza que no tiene. Cassie continúa flotando en la superficie, buscando desesperadamente una validación que nunca llega. Rue gira en la misma espiral autodestructiva de siempre, solo que ahora con menos capas nuevas que explorar.
No son personajes, son bocetos. Figuras trazadas a grandes brochazos que parecen incapaces de salir de sus propios moldes.
El caso de Jules es especialmente doloroso. Lo que antes la hacía tan fascinante —esa mezcla extraña de fragilidad y fuerza— ha desaparecido casi por completo. Uno de los personajes más interesantes de la serie se ha reducido a un simple estereotipo.
Episodios que se olvidan al instante
Después de la primera temporada, me quedaban escenas en la cabeza durante días. Frases, sensaciones, imágenes que me perseguían. Con esta nueva temporada, lo único que me queda es una incomodidad difusa cada vez que pienso en ella, como cuando recuerdo el «accidente» de Faye con el perro.
Y lo que más me entristece es el trato que recibe Chloe Cherry, una actriz que claramente tiene talento y que trabajó duro para salir de los roles que la encasillaban. En esta temporada la usan de forma completamente descarada y sin ninguna creatividad, como si su único valor fuera su pasado. Es desalentador.
Si algo me ha hecho reflexionar esta temporada, es la pregunta de qué significa realmente el talento. Porque después de la primera temporada, no tenía ninguna duda de que Sam Levinson es un creador excepcional. Pero si solo hubiera visto esta tercera entrega, podría pensar fácilmente que es alguien a quien le dieron demasiada libertad y no supo qué hacer con ella.
La realidad probablemente está en algún punto intermedio. El talento no es una cualidad fija e inamovible, y el rendimiento creativo fluctúa. A veces la misma persona crea una de las series más definitorias de su época y también una de las más olvidables. Y a veces esas dos series son la misma, separadas solo por un par de temporadas.











