¿Has tenido ya ese momento como padre en el que piensas: “¿cuándo se me escapó de las manos lo que antes funcionaba?”? Si no, probablemente tu hijo aún no es adolescente. Pero si sí, ¡bienvenido al club!
Mi hija ya no es la que era, y yo tampoco soy el padre que fui – he tenido que dejar atrás muchas cosas en estos años. Por eso fue un alivio descubrir que muchos sienten lo mismo que yo, y que esto no es un fracaso, sino simplemente una parte natural de la adolescencia.
Criado en una generación de padres perfeccionistas, suelo ver errores de crianza donde en realidad hay crecimiento. Las respuestas desafiantes, el retraimiento, la rebeldía, al principio los tomaba como ataques personales, aunque en realidad no iban contra mí. La adolescencia es una tormenta biológica: el cerebro se transforma, el sistema nervioso se reorganiza, y la separación rara vez es suave; es un trabajo interno duro para todos los involucrados. Cuando olvido esto, es fácil culparme, pero en realidad estoy en medio de un proceso natural y ancestral.
En esos momentos no puedo evitar recordar mi propia adolescencia. Esa sensación familiar y agobiante de que nadie te entiende, que todo es demasiado, que todo cambia constantemente dentro y fuera de ti. Ahora estoy al otro lado, bailando la misma danza que mis padres y, antes que ellos, mis abuelos. Esta comprensión es a la vez dolorosa y reconfortante, porque lo que vivo no es un fracaso personal, sino una experiencia humana compartida – aunque eso no haga la situación más fácil.
El terreno no es el mismo, ni las reglas
La adolescencia de hoy es muy diferente a la que yo viví. A menudo siento que no tengo las herramientas para enfrentar esta etapa. No porque lo esté haciendo mal, sino porque a nivel generacional no hay un modelo claro delante de mí. El mundo en el que crece mi hija es radicalmente distinto al que yo conocí. No creo que todo sea peor ahora, pero aunque pregunte a mis padres, muchas veces ellos tampoco pueden ofrecer un apoyo claro, porque estas situaciones les son ajenas.

Cuando era niño, era normal que nos mandaran a jugar por el barrio, andar en bici o juntarnos con amigos, y solo aparecíamos para cenar. Aprendíamos la responsabilidad casi sin darnos cuenta.
Hoy muchos niños ni siquiera salen, y los padres tampoco los dejan con facilidad.
Pero también veo ejemplos contrarios: los mayores de mi barrio ya se juntan más, salen y se divierten juntos, y cuando veo eso, me tranquilizo un poco. Porque sí, el miedo es real, el mundo es un lugar más peligroso, pero el control constante a menudo dificulta la independencia que los adolescentes necesitan. La tensión termina estallando en forma de rebeldía.
Cuando el teléfono no es una herramienta, sino un campo de batalla
Como madre de un preadolescente, siento que la tecnología es uno de los mayores desafíos. En casa, la mayoría de los conflictos giran en torno al tiempo de pantalla y las restricciones establecidas. Según el informe 2024 del PEW Research Center, el 69 % de los padres cree que el mundo digital complica mucho la crianza en comparación con décadas anteriores, y no solo nosotros lo sufrimos, también los niños. Especialmente preocupante es el impacto de las redes sociales:
El 41 % de los padres considera esto uno de los principales problemas, ya que el desplazamiento constante y la comparación continua pueden causar problemas de autoestima, ansiedad y cambios de humor.

Es importante decirlo: estas plataformas no son inherentemente malas, pero tampoco inocentes. Los adolescentes rara vez comprenden que el sistema está diseñado para el uso compulsivo. A esto se suma el ciberacoso, las inseguridades sobre la imagen corporal, el miedo a quedarse fuera o incluso el riesgo de acoso sexual. No es de extrañar que muchos adolescentes se sientan abrumados, y esto suele reflejarse en su rendimiento escolar. No es casualidad que en toda Europa se estén preparando regulaciones para limitar el uso de las redes sociales, como un reconocimiento de que esto no es solo una cuestión de responsabilidad individual.
A pesar de todo, veo algo que es un recurso. Hoy hablamos mucho más sobre salud mental que antes. Como padre, quiero creer que soy más sensible, presto más atención y tomo más en serio el mundo interior de mi hijo que las generaciones anteriores. Y eso no es poco. De hecho, puede ser uno de los factores protectores más fuertes en los que los jóvenes pueden apoyarse hoy.











