Hay momentos en la vida en los que sabes, sin ninguna duda, que algo tiene que cambiar. Para mí, ese momento llegó cuando me di cuenta de que el sobrepeso no solo estaba afectando mi autoestima, sino también mi movilidad, mi energía y hasta mi forma de respirar. Los dolores en las articulaciones y el cansancio constante se convirtieron en la señal que necesitaba para actuar de verdad.
El punto de partida: miedo al fracaso y 78 kilos
Cuando decidí empezar, pesaba 78 kilos. Mi objetivo era llegar a 58. Pero el mayor obstáculo no era físico, sino emocional: tenía miedo de volver a fracasar. Ya había probado dietas anteriores que prometían mucho y cumplían poco.
Las dietas de "solo una manzana por la noche" o "nada después de las seis de la tarde" me daban alivio a corto plazo, pero eran insostenibles. Y eso que bebía tres litros de agua al día y hacía ejercicio con regularidad.
Nada funcionaba de forma duradera, y esa frustración acumulada hacía que cada nuevo intento empezara ya con el peso del fracaso encima.
El cambio que lo transformó todo
El punto de inflexión llegó cuando decidí pedir ayuda a un profesional. Su recomendación fue clara: en la fase inicial, reemplazar el desayuno y la cena con batidos de proteína. Los primeros dos días fueron los más duros, ya que solo tomaba cinco batidos al día sin ningún alimento sólido.
A partir del tercer día, la rutina se estabilizó: batidos por la mañana y por la noche, y libertad para elegir el almuerzo.
Esa etapa me enseñó algo fundamental: la alimentación saludable requiere constancia, no perfección. En cinco semanas perdí 7,5 kilos. A partir de ahí, añadí ejercicio nocturno y empecé a registrar mis hábitos alimenticios con más atención.
También cambié la composición de mis platos: dejé de dejar que los carbohidratos dominaran cada comida y busqué un equilibrio real entre proteínas, grasas saludables e hidratos.
Por qué el ayuno intermitente 16/8 fue un antes y un después
Después de las primeras cinco semanas, adopté el ayuno intermitente 16/8: 16 horas de ayuno y una ventana de 8 horas para comer. Lo que más me sorprendió fue lo sencillo que resultó en la práctica.
No tenía que contar calorías ni obsesionarme con cada comida. Este método me dio una libertad que nunca había sentido en una dieta: comía lo que necesitaba, en el momento adecuado, sin culpa ni ansiedad. Con el tiempo, empecé a desear menos comida de forma natural y a tener más energía a lo largo del día.
Para mí, no fue una dieta más. Fue un cambio de estilo de vida real.
El ejercicio: constancia por encima de intensidad
El movimiento fue otro pilar fundamental. Mi rutina diaria incluía media hora de carrera seguida de otros treinta minutos combinando pesas y ejercicios con el peso corporal. Al principio costaba, pero con el tiempo se convirtió en algo que esperaba con ganas.
El ejercicio no solo me ayudó a perder peso: también redujo mi estrés, mejoró mi sueño y me dio una sensación de control sobre mi propio cuerpo. Me apoyé mucho en vídeos de entrenamiento online para mantener la motivación y aprender nuevas rutinas.
Lo más importante que aprendí fue no sobrecargarme. El progreso sostenible siempre es más lento de lo que queremos, pero es el único que dura.
Lo que cambió por dentro
El cambio más profundo no fue físico. Fue la confianza en mí misma que fui recuperando poco a poco. Cada kilo que perdía era también un peso emocional que desaparecía. Empecé a sentirme más cómoda en mi cuerpo, más ligera en todos los sentidos.
Con el tiempo entendí que no es el método lo que te lleva a la meta, sino la constancia y el compromiso emocional. Cuando dejé de hacer la dieta "de cabeza" y empecé a hacerla también "de corazón", todo se volvió más fácil. Los obstáculos seguían apareciendo, pero ya no me detenían.
El resultado: de 78 a 60 kilos en un año
Al final del proceso, había pasado de 78 a 60 kilos. No llegué exactamente a los 58 que me había propuesto al principio, pero llegué a algo mejor: a sentirme bien de verdad.
Alcanzar mi peso ideal transformó no solo mi cuerpo, sino mi forma de ver la vida. Pienso con más claridad, manejo mejor el estrés y me siento más libre que nunca. El mayor premio no fue el número en la báscula, sino la libertad mental y la autoestima recuperada.
Lo que aprendí es que adelgazar no es una solución temporal. Es un compromiso a largo plazo con una misma, basado en la realidad y la sostenibilidad, no en los extremos. Y eso, una vez que lo entiendes de verdad, lo cambia todo.











