Hay semanas en las que una colección entra en casa y lo ocupa todo: la conversación del desayuno, la hora del baño, el trayecto al colegio. Estos días vuelve a pasar con una campaña de menús infantiles con cartas y juguetes coleccionables de la que se habla en todos los patios. Y el fenómeno se repite año tras año con distintos envoltorios: cromos de fútbol, figuritas de kiosco, sobres sorpresa. El objeto cambia, la intensidad no. Lo que decidimos los adultos en los primeros días es lo que marca si esa colección será un juego bonito o una fuente de tensión durante meses.
Por qué engancha tanto (y por qué no es mala noticia)
Coleccionar toca resortes muy básicos: la sorpresa de no saber qué hay dentro del sobre, la satisfacción de ver una casilla vacía rellenarse, la sensación de pertenecer a un grupo donde todos hablan el mismo idioma. Para un niño de seis o nueve años eso es terreno fértil: ordena, clasifica, compara, memoriza nombres imposibles, aprende a esperar. Hay más aprendizaje en un álbum a medias que en muchos juguetes que lo hacen todo solos.
El problema no es el coleccionismo, es la mezcla de dos cosas: el azar y la prisa. El azar hace que completar dependa de la suerte, y la prisa hace que el niño sienta que si no lo consigue ya, se queda fuera. Ahí es donde conviene que aparezca un adulto tranquilo poniendo marco, no prohibiendo.





