No recuerdo mucho de la secundaria, pero sí cuando en la clase de informática vimos por primera vez videos divertidos en internet. Aún tengo clara la imagen del aula: caminábamos de una computadora a otra para reír juntos con gatos torpes y proyectos de renovación fallidos. En ese entonces, el contenido tenía peso. Llegaba poco, no estaba pulido ni optimizado, y no intentaba impactarnos a toda costa.
Hoy, esto no solo es parte del pasado para mí: las generaciones que crecieron después ni siquiera saben cómo era internet entonces. Aunque nacimos en la era digital y es nuestro entorno natural, siento cada vez más que no solo luchamos contra la inflación en los precios, sino también en la cantidad de estímulos. Hay demasiado de todo, todo es accesible y fácil de conseguir demasiado rápido. Y ahí está el problema: si todo es gracioso, bonito o perfecto, en realidad nada lo es, y lo especial simplemente desaparece. Cuanto más impecable parece un contenido, más rápido pasa mi mirada sobre él.
Lo uso, por eso lo noto
No quiero parecer hipócrita: yo también uso IA. Me ayuda a reformular frases cuando las letras se me mezclan, a entender el metro en una ciudad extranjera o a planear un viaje.
Lo valoro porque ahorra tiempo, y el tiempo es uno de nuestros mayores regalos.
Por eso también noto cuando el contenido generado me inunda por todas partes. Reconozco giros de frase, el ritmo de las oraciones, la estructura del pensamiento, soluciones repetitivas y el uso “demasiado exacto” de emojis. Sigo a creadores cuyo conocimiento respeto sinceramente, pero cada vez siento más que sus publicaciones ya no tienen ese plus que me hizo seguirlos. No me molesta que ahorren tiempo, sino que la presencia experta y el pensamiento único desaparecen, porque lo único que importa es “publicar algo hoy también”. Y cuando en ese estado recibí un libro que esperaba con ganas y sentí desde las primeras páginas que la IA había colaborado activamente en la redacción, algo cambió definitivamente en mí.

Mi mente no quiere navegar algoritmos ni en su tiempo libre
Llega un momento en que todos desplazamos sin pensar. Y ese momento cambia constantemente, porque los creadores se adaptan a nuevas tendencias algorítmicas para llegar a más gente y ser más valiosos en el mercado. Pero nuestro cerebro detecta rápido patrones y lo que no tiene un propósito real o información valiosa no logra captar atención en medio de tanto ruido.
Además, la IA solo genera promedios, soluciones seguras y “centradas”, especialmente en las versiones gratuitas para el público general.
Pero los consumidores buscan cada vez menos lo promedio, prefieren lo único que solo la mente humana puede crear (al menos por ahora).

Lo que ningún algoritmo puede copiar
Claro, lo digo en sentido figurado, porque técnicamente casi todo puede modelarse ya. Pero quiero creer que, al menos en esta transición donde aún podemos distinguir lo real de lo falso, existen contenidos que humanizan lo digital. La IA no puede empatizar, no puede estar presente en el momento ni reaccionar de forma instintiva. Solo puede escribir un post enojado o generar una foto menos estética pero sincera si se lo ordenamos.
Y esa es la diferencia: no hay nada detrás.
Mi necesidad de contenido auténtico y humano se manifestó claramente. Primero solo pasaba rápido videos donde se notaba que la IA “ayudaba” a generar emoción. Luego dejé TikTok. Cuando en los videos más tiernos de animales insertaron escenas falsas sin razón, entendí que no quiero más contenido. Al contrario, quiero menos, pero que sea real.

¿La presencia humana es ya un lujo?
Hoy es raro encontrar creadores que no optimicen, no empaqueten todo cuidadosamente y no suavicen todo. Pero confío en que, sin importar el tema, cada vez más personas se atrevan a mostrar lo imperfecto. Así como tras la era de la comida rápida surgió la demanda por comida artesanal, quizás tras la basura digital llegue la era del “contenido artesanal”. Tal vez vuelvan las conversaciones en vivo y sin edición, regresen las aficiones “analógicas” y crezca el contenido auténtico, sin retoques ni algoritmos.
La IA es un buen espejo de nuestra sociedad actual porque, entre otras cosas, muestra qué no se puede automatizar. ¿Será esta saturación la que nos devuelva a la realidad? No se trata de menos tecnología, sino de más conciencia. Creo que las generaciones jóvenes podrán relacionarse con la inteligencia artificial como nosotros filtramos las noticias falsas. Y si lo que hemos vivido vale para volver a valorar la presencia humana, entonces habrá valido la pena.











