Artículo de opinión: Schuszter Borka
En los últimos años ha surgido una costumbre cada vez más común en la hostelería. Al pagar, el camarero o la persona en caja nos muestra el terminal de tarjeta con algunos botones: 5%, 10%, 15%. A veces más. Y solo tenemos que elegir cuánto queremos dejar de propina.
A primera vista parece algo sencillo, y con la popularidad del pago con tarjeta, es lógico que podamos dejar propina así si queremos. Pero últimamente siento que nos estamos pasando un poco con este tema de la propina.
Muchas veces no estoy en un restaurante donde un camarero me atiende toda la cena. No recibo recomendaciones del menú, no me rellenan la copa ni se aseguran de que todo esté bien en la mesa. A menudo solo estoy en un mostrador. Pido un café. O un sándwich. A veces ni siquiera ha terminado de prepararse cuando ya pago. O llevo el producto al mostrador, paso la tarjeta y sigo mi camino.
Y ahí aparece la pregunta: ¿qué porcentaje de propina quiero dejar?

Sinceramente, siempre pienso lo mismo: ¿para qué?
No lo pregunto con mala intención. Solo trato de entender la situación. Si estoy en un restaurante donde alguien me atiende, escucha mis peticiones y me brinda una buena experiencia, la propina me parece natural. Es parte de la tradición en la hostelería. Pero cuando compro en un mostrador, a veces es difícil saber qué servicio extra estoy pagando.
A veces siento que esta pregunta aparece en casi todas las situaciones de pago. Pronto hasta las máquinas de recogida automática podrían preguntarlo: ¿quieres valorar el servicio con unos céntimos?
Confieso que este tipo de propina digital me resulta especialmente molesta. No tanto por la pregunta, sino por cómo se presenta. Los botones predefinidos casi siempre empujan a dejar propina: 5%, 10%, 15%. El 0% muchas veces ni aparece, o está escondido en un menú aparte. Un pequeño “sin propina” abajo en la pantalla. A veces hay que cambiar de pantalla para encontrarlo.

Y todo esto mientras alguien sostiene el terminal al otro lado, viendo lo que hago. Hay una presión silenciosa y extraña en eso.
Nadie lo dice, pero la situación sugiere que deberías elegir algo.
Al principio me sentía incómodo. Era como si cada pago fuera un pequeño examen moral. ¿Doy o no doy? ¿Qué pensará de mí la persona en caja si no doy?
Pero llegué a la conclusión de que todo ese pensamiento es innecesario. La propina no es un pago obligatorio. La gracia está en que sea voluntaria.
Un pequeño gesto para mostrar que valoramos el servicio
Si algo se vuelve una obligación automática, deja de ser propina. Simplemente es un cargo oculto.
Por eso, hace tiempo que no me preocupo demasiado. Si estoy en un lugar donde me atendieron bien y disfruté la experiencia, dejo propina con gusto. Como siempre.
Pero si pago un café en un mostrador, busco la opción del 0% sin remordimientos. Aunque esté un poco escondida en el menú. Si alguien me mira con reproche por eso, no es mi problema.
De hecho, creo que es mucho más grosero poner a la gente en esa situación que decidir libremente cuándo y a quién dar un extra.











