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La despedida para la que nunca estás preparado: decir adiós al ser más fiel de tu vida

Vadász Alexa6 min de lectura
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La despedida para la que nunca estás preparado: decir adiós al ser más fiel de tu vida — Familia
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Hay despedidas que te arrancan el corazón de cuajo. La mía fue así. Y esa herida, después de todo este tiempo, sigue sin cerrarse.

Si has compartido tu vida con un perro, sabes exactamente de qué hablo. No es solo un animal. Es familia. Es esa presencia que te espera en la puerta, que se acurruca contra ti cuando el mundo se pone difícil. Y cuando se va, deja un silencio que ninguna palabra puede llenar.

La vi por primera vez como una bolita blanca de apenas medio kilo. Aquella criatura diminuta, más baja que una brizna de hierba, intentaba con todas sus fuerzas apartar una hamaca del jardín porque le estorbaba el paso. Pensé: si tanta valentía y tantas ganas de aventura caben en un cuerpo tan pequeño, va a ser una perrita fuerte.

Aquel prodigio de dos kilos y medio ya de adulta consiguió en un abrir y cerrar de ojos lo que se propuso: dormir en la cama, con nosotros. De nada sirvieron las barricadas que construíamos con cajas de zapatos, ni los muebles del jardín que le poníamos delante. Insistió tanto que un día apareció de pie, apoyada en la mesilla de noche, decidida a conquistar también el dormitorio. Sí, no fuimos unos dueños coherentes. Y sigo sin saber resistirme a una mirada así.

De Chanel a Mono

No encontraba el nombre perfecto para la recién llegada. Cuando se lo comenté a unos amigos italianos, Pietro no entendía siquiera mi dilema: según él, allí todos los cachorros se llaman Dior, Gucci o Chanel. Al principio me reí. Pero al ver que aquel peluche adoraba lamerme el agua perfumada de las piernas cuando salía de la bañera, y que solo comía si le acercaba la comida con una cucharita, ya no hubo duda: se iba a llamar Chanel.

Mi padre, por supuesto, no comprendía por qué no me conformaba con un simple Bolita, Pelusa o Manchas. Y claro, el elegante nombre pronto mutó a Sanci y, finalmente, a Mono. Hubo incluso una época en que la llamábamos Sir Edmund Hillary, porque hacía verdaderos equilibrios en lo alto del respaldo del sofá, donde se le antojaba tumbarse hecha un ovillo.

Aquí se hace lo que ella quiere

Estuvo enferma a menudo, pero tenía unas ganas de vivir asombrosas. Un problema recurrente era que estornudaba agua y vomitaba, y por aquel entonces los veterinarios no lograban explicar la causa. Lo que sí hacíamos era llevarla una y otra vez a que le pusieran suero en la clínica veterinaria.

De aquel cuerpecillo salía entonces una fuerza que dejaba boquiabiertos hasta a los profesionales. No, a ella no había manera de encerrarla en la jaula mientras le goteaba el medicamento. Montaba tal berrinche que no paraba hasta conseguir estar donde ocurría todo, entre la gente. Había que reorganizar media sala de exploración para que la señorita tuviera sus condiciones. No le importaban la aguja ni el gotero: lo que quería era estar en el centro de atención. El vínculo lo era todo para ella.

Acurrucarse con su dueña

Le tenía un miedo atroz a las tormentas, a los fuegos artificiales y al ruido de los petardos, y los tranquilizantes simplemente no le hacían efecto. Una de aquellas noches de truenos y relámpagos desatados creí que se me deshacía entre las manos de tanto que temblaba.

Se me partía el alma al sentirme tan impotente, sin poder hacer nada, aunque le tapaba hasta las orejas por si así percibía menos el estruendo. La apretaba contra mí todo lo que podía. Deseaba con toda mi fuerza convertirme en un escudo detrás del cual no llegara ningún ruido de fuera. Casi estaba tumbada del todo sobre ella, con miedo de aplastarla. Se quedó dormida temblando. Por la mañana desperté sobresaltada, pensando que quizá ya no estaba viva... Dormía plácidamente bajo mi cuerpo.

Ya no era ella misma

Y entonces, un día, empecé a notar señales extrañas. Como si no oyera bien. Me di cuenta porque, al llegar a casa, no salió corriendo a recibirnos; ni siquiera se levantó, siguió dormida en su camita. Temí lo peor, pero vi que su pecho subía y bajaba con ritmo. La llamé y no reaccionó, tampoco a las palmadas.

Como ya no era joven, cabía esperar que poco a poco aparecieran esos síntomas que indican, en realidad, que se había hecho una perrita mayor. A eso siguió la pérdida de visión, luego la ceguera total y unos problemas cada vez más preocupantes.

Daba vueltas y vueltas sin rumbo, y por eso chocaba constantemente contra el radiador, golpeándose la cabeza. Todo lo percibía como una amenaza: gruñía y mordía. Pese a todos nuestros esfuerzos, no encontramos ningún medicamento que mejorara la situación, ni siquiera un poco. Los veterinarios dijeron que tenía demencia.

Y encima desarrolló una infección de útero. Por desgracia, no la habíamos esterilizado. Yo ya no quería someterla a una operación, pero mi pareja insistió. La enorme fuerza de nuestro pequeño Mono volvió a mostrarse: llevó la intervención sorprendentemente bien, se recuperó a la velocidad de la luz e incluso engordó.

Au revoir

Sin embargo, los problemas neurológicos se agravaron todavía más. Tuve que tomar una de las decisiones más duras de mi vida. Verla en ese estado era insoportable.

Mi pareja intentó convencerme por todos los medios de que no la durmiéramos, pero mi alma no podía soportar la carga de verla sufrir así.

Acordé la cita con el veterinario y, a partir de ese momento, me sentí destrozada. Estuvo chillando todo el camino hacia la consulta; esos instantes que te desgarran el corazón no se los deseo a nadie. Crucé la puerta de la clínica con un peso de mil kilos sobre el pecho.

Primero la sedaron, y ahí me despedí de ella. No fui capaz de quedarme más tiempo. Después ya solo vi su pequeño cuerpo envuelto en una sábana. La enterramos en el jardín.

Preguntas frecuentes

¿Por qué duele tanto perder a un perro?

Porque para muchas personas un perro no es una mascota, sino un miembro más de la familia. Comparte tu día a día, te espera y te acompaña, así que su ausencia deja un vacío que, como cuenta esta historia, cuesta muchísimo llenar.

¿Qué señales indican que un perro se está haciendo mayor?

En este relato aparecen la pérdida de audición, la falta de reacción a las palabras o las palmadas, el deterioro de la visión hasta la ceguera y, en los casos más graves, síntomas de demencia como dar vueltas sin rumbo o percibir todo como una amenaza.

¿Cómo ayudar a un perro que teme las tormentas y los petardos?

En la experiencia narrada, los tranquilizantes no siempre funcionan. Lo que más consuelo dio fue el contacto físico: abrazarlo, mantenerlo cerca y ofrecerle seguridad hasta que el miedo pasara.

¿Cuándo es momento de tomar la decisión más difícil?

Es una elección profundamente personal y dolorosa. En esta historia llegó cuando el sufrimiento del animal se volvió insoportable de presenciar, pese a haber intentado todos los tratamientos posibles.

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