Siento la falta de la energía de la abuela a nivel colectivo. Es difícil poner en palabras esa sensación que aparece cada vez más en mí últimamente. No es una nostalgia clásica ni una idealización del pasado.
Más bien es una ausencia silenciosa que se intensifica cuando el mundo a mi alrededor va demasiado rápido, cuando debo reaccionar, decidir, avanzar y rendir. Cuando no hay nadie que me siente un minuto y me diga: "si ahora no está bien, aún no es el final".
Al principio pensé que era solo mi sensibilidad, un interruptor interno activado por un vínculo personal. Después de todo, viví casi diez años bajo el mismo techo y ritmo que mi abuela. Pero al hablar con otros y observar mis tensiones y las de mi entorno, entendí que no es una carencia individual. Algo que antes era natural en nuestra vida hoy desapareció casi sin que lo notemos.
La energía de la abuela deseada y extrañada
Cuando pensamos en abuelas, vienen a la mente imágenes concretas: frascos en la despensa, recetas escritas a mano, almuerzos dominicales, galletas para el camino. Son recuerdos cálidos y familiares, pero la esencia no está en eso. La energía de la abuela es más bien una cualidad emocional. Una presencia donde no tienes que apresurarte, explicar tus actos ni sentir que debes mejorar inmediatamente.
Recordando mi adolescencia, tenía muchos temas que solo podía compartir con mi abuela. No porque siempre estuviera de acuerdo —a veces no le gustaba lo que decía— sino porque sabía que no me regañaría ni intentaría corregirme. Me escuchaba y me daba espacio para hablar. Mirando atrás, casi nunca me dio consejos concretos ni me dijo qué hacer diferente. Simplemente estaba ahí, y eso hacía que todo fuera un poco más llevadero.
Esta energía no depende del lugar ni de la edad, sino de la actitud hacia el tiempo y la vida. Aparece en un espacio donde el tiempo no es enemigo, el silencio no incomoda, la espera no presiona y la falta de solución no es un problema final.
Tras un ritmo perdido
El mundo actual habla un idioma muy distinto. Esperamos eficiencia, optimización y progreso constante de nosotros mismos y de los demás. Cada conversación tiene un propósito, cada dificultad debe dejar una enseñanza, y rápido. La energía de la abuela, en cambio, no impulsa hacia adelante, sino que detiene. Antes era natural sentarse a una mesa sin rumbo, sin final ni meta concreta. Justo eso la hacía sostenernos, porque no buscaba llevar a ningún lado, aunque todos la esperaban.
Al intentar controlar todo conscientemente, perdemos ese ritmo interno que antes funcionaba de forma instintiva. No confiamos en nuestras corazonadas, buscamos respuestas, revisamos listas, pedimos confirmación.
El conocimiento que estuvo presente en nuestras vidas por generaciones ahora se ha interrumpido casi sin darnos cuenta.

Abuelas activas y la generación sándwich sola
Antes, la abuela era un pilar seguro en muchas familias. No porque no tuviera su propia vida, sino porque priorizaba diferente. Hoy las abuelas activas trabajan, estudian, hacen deporte, viajan y son independientes, un cambio liberador e importante. Pero al mismo tiempo desapareció ese apoyo siempre disponible que sostenía emocional y prácticamente a las familias.
Los miembros de la generación sándwich —que cuidan a niños y a padres mayores a la vez— a menudo sienten que no tienen dónde dejar su carga. No necesitan consejos, sino esa simple presencia que en silencio alivia la tensión. Un plato de sopa, un gesto lento, una frase a medias que no soluciona, pero calma y acompaña —algo que pocos afortunados aún experimentan.
Cuando decimos "para criar a un niño se necesita toda una aldea", en realidad hablamos de esta energía.
La aldea no estaba hecha de edificios, sino de personas y conexiones. A medida que la presencia emocional y física de las generaciones mayores disminuyó (a veces porque los jóvenes se mudaron al extranjero), los roles se redujeron. Los padres se sobrecargaron y los niños pasaron más tiempo frente a pantallas, porque simplemente no había quien contara historias, jugara y diera espacio a las preguntas.
Lo que la biología ya sabe
El ser humano es especial también porque tras la etapa reproductiva le espera una vida larga y activa. Según la hipótesis de la abuela, esto no es casualidad: en las comunidades ancestrales las mujeres mayores no se retiraban al fondo (desaparecían por no ser ya atractivas), sino que transmitían estabilidad, conocimiento y seguridad emocional. Contaban historias, enseñaban y con su presencia daban ejemplo. Cuando esta cadena se rompe en nuestra sociedad moderna, no solo perdemos información, sino también la confianza en nosotros mismos y en los procesos naturales.
Seguramente, como yo, sientes que no es realista esperar que las abuelas actuales vuelvan a un rol antiguo y desaparecido. Muchas ni siquiera tienen esa posibilidad, pero el vacío sigue siendo real. Entonces, la pregunta es cómo recrear esta energía de otra forma. ¿Vale la pena intentarlo o simplemente dejarnos llevar?
Ahora creo que quizás no se trata de repartir roles de nuevo, sino de reconocer:
Lo que extrañamos no es una persona, sino una cualidad.
Puede que la energía de la abuela ya no nazca bajo almuerzos dominicales, sino cuando desaceleramos, cuando solo queremos estar presentes. Desde esa mirada, esta energía no está perdida, solo nos la permitimos mucho menos de lo que deberíamos.











