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Las aficiones de las mujeres son "cosa de niñas" y las de los hombres, algo serio. ¿Por qué seguimos juzgando así?

Schuster Borka4 min de lectura
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Las aficiones de las mujeres son "cosa de niñas" y las de los hombres, algo serio. ¿Por qué seguimos juzgando así? — Estilo de vida

Artículo de opinión: Bárbara López

No sé muy bien cómo justificamos esto todavía, pero existe una jerarquía muy clara en nuestra cabeza sobre qué aficiones "valen de verdad" y cuáles son simplemente una forma de matar el tiempo. Y curiosamente, casi siempre resulta que lo que hacen los hombres en su tiempo libre es fascinante, técnico, incluso útil. Lo que hacen las mujeres, en cambio, es "monísimo", "qué bonito", pero no se toma del todo en serio.

Como si el valor de una afición no dependiera de lo que te aporta, sino de quién la practica

Si dejamos de lado los prejuicios un momento, la distinción se desmorona bastante rápido. Pilotar un dron no es una actividad más "inteligente" que decorar un espacio. Ninguna de las dos salva el mundo, ninguna es productiva en el sentido clásico de la palabra. Y sin embargo, tendemos a ver la primera como algo técnico que requiere habilidad, y la segunda como si consistiera únicamente en colocar cojines. Cuando, en realidad, ambas tienen su propia complejidad y su propio aprendizaje.

Pero el valor real de una afición —o el conocimiento que exige— es, en el fondo, irrelevante para este debate. Porque la cuestión no tiene que ver con las actividades en sí, sino con lo que proyectamos sobre ellas.

Las aficiones masculinas suelen estar rodeadas de una cierta "seriedad" de fondo. Se convierten fácilmente en proyectos, en sistemas, en competiciones. Un simple interés se transforma rápidamente en rendimiento: con resultados medibles, una curva de progreso, una comunidad donde compararse y ver quién llega más lejos.

Las aficiones femeninas, en cambio, suelen quedarse en la categoría de "lo hago porque me gusta" —lo cual, por cierto, está perfectamente bien—, pero precisamente por eso tendemos a tomarlas menos en serio. Como si el hecho de que algo no aspire a ser más de lo que es implicara automáticamente que es menos.

Y aquí está lo que más me llama la atención de todo esto: ¿por qué tiene que ser "útil" una afición? ¿Por qué tiene que justificar su existencia? Si algo te desconecta, te recarga y te da alegría, ¿no es suficiente con eso?

Parece que para algunos no basta —y tampoco basta con que su afición sea medible, comparable y cuantificable. Necesitan además que sea más importante —o al menos poder creerlo— que lo que hacen las mujeres.

Hay otro paralelismo que sigue exactamente la misma lógica: cómo valoramos los conocimientos tradicionalmente "masculinos" frente a los "femeninos". Cambiar una rueda, por ejemplo, es visto por muchos como una habilidad práctica y respetable. Y lo es. Pero, ¿es realmente más complicado que coser un pantalón roto? ¿O simplemente lo miramos de forma diferente?

Es un prejuicio colectivo, no una verdad objetiva

En un caso: aceite, herramientas, fuerza física. En el otro: aguja, hilo, precisión manual. Y aun así, el primero lo clasificamos fácilmente como "útil", mientras que el segundo tendemos a minimizarlo. No porque la diferencia sea objetivamente grande, sino porque así nos lo enseñó la sociedad.

Quizás es justo aquí donde deberíamos replantearnos todo esto. No para convertir las aficiones femeninas en algo "más serio", sino para empezar a ver las cosas como realmente son. Porque mientras sigamos considerando automáticamente más valioso lo que hace un hombre solo por el hecho de que lo hace un hombre, no solo estamos categorizando aficiones, estamos categorizando personas.

Y al hacerlo, perdemos precisamente lo más esencial de estas actividades: la posibilidad de desconectar de la necesidad constante de evaluar, medir y clasificar todo. Y la posibilidad de que las mujeres existan, disfruten y vivan sin tener que dar explicaciones por ello.

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