Arrojé el sándwich medio hecho sobre la encimera y me retiré a mi habitación molesta, gritando: “¡No me lo puedo creer!” Cerré la puerta de un portazo, dejando afuera al niño que lloraba en la cocina.
Claro que la escena no apareció de la nada: fue el resultado de un día en que nada parecía ir bien, mi hija se negaba a todo, como si le hubieran robado la voz y la hubieran cambiado por el maullido de un gato, y eso era lo mejor, porque cuando no maullaba, gritaba a todo pulmón por algo banal. En ese momento, porque después de mucho esfuerzo decidió que quería cenar un sándwich, cambió de opinión y quiso otra cosa.
Ese era el contexto, pero en realidad no importaba qué había pasado. Sentada al borde de la cama, entendí rápido que no quería comportarme así. Si alguien solo viera ese momento de nuestro día, pensaría que soy una mala madre. Y yo también me sentía así. ¿Qué excusa podría tener para haber actuado como una mala madre con mi hijo?
Por supuesto, no fue ni el primero ni el último momento así. Probablemente la mayoría de quienes crían hijos han sentido que hicieron algo muy mal. La culpa puede ser casi insoportable.
Pero vale la pena reflexionar: si mi hijo hace algo que no encaja con los valores de nuestra familia, luego se arrepiente y llora en mi regazo, ¿qué le digo? ¿Que siga atormentándose con la culpa mientras sigue con su día como si nada, pensando que es un niño malo?
¿O lo animo a pedir perdón, perdonarse a sí mismo y aprender para que la próxima vez pueda actuar de una forma que le haga sentirse orgulloso?
Obviamente, lo segundo. Entonces, ¿por qué no usar esos momentos para aprender también yo?
Esto es útil porque, según una investigación psicológica, la vergüenza que cargamos como padres solo nos perjudica: cuando la culpa toma el control, queremos controlar más que conectar. Nuestro cerebro —especialmente la amígdala— envía una alerta como si fuera una cuestión de supervivencia, no una relación cotidiana con nuestros hijos. En ese estado, reaccionamos exageradamente, gritamos, juzgamos, aunque lo que impulsa esas reacciones son expectativas internas y el miedo a no ser lo suficientemente buenos. Yo viví eso.
¿Qué podemos hacer para cambiar esto?
Los expertos dicen que reconocer el momento es clave: no se trata de buscar la perfección, sino de estar atentos. De notar cuando surge el sentimiento de “mala madre”. Un estudio muestra que los padres a menudo reaccionan más a sus propios pensamientos que al comportamiento del niño. El día que grité sentí: “No soy lo suficientemente buena, no sé manejar esto, perdí el control”. Ese es el momento para detenerse, aunque no solucione todo. Esa pausa y reflexión nos recuerdan que no somos quienes controlamos ahora ni quienes somos cuando actuamos así. No queremos ser esos padres. Por eso hay que apagar el pánico. Este artículo propone tres pasos simples: “pausa, revisa, elige”. Eso hice: salí de la situación, me senté unos minutos en silencio y luego volví con mi hijo, no como una tirana, sino como alguien que cometió un error y ahora corrige.
Cuando nos sentimos “malas madres”, muchos nos encerramos. Tememos la vergüenza, la situación que nos hace sentir desconocidas para nosotras mismas. Pero equivocarse es parte de la vida: podemos crecer y mejorar, aunque duela admitirlo. Lo que sí decidimos es qué hacer con nuestros errores y cómo responder a ellos. Y espero que eso, al final, sea más importante para la relación con nuestros hijos que cuántas peleas tuvimos durante la etapa de terquedad.











