¿Y si los primeros bocados de tu vida importaran mucho más de lo que creíamos? Un nuevo estudio sugiere que lo que comemos en la infancia —e incluso lo que comía nuestra madre durante el embarazo— podría dejar una marca en nuestros genes que nos acompaña hasta la vejez.
La clave estaría en algo llamado memoria de expresión génica, y podría ser una pieza silenciosa del rompecabezas de la longevidad.
La salud en la vejez empieza en la infancia
Un equipo de investigadores de Londres analizó cómo las experiencias tempranas influyen en la actividad de nuestros genes muchos años después. El trabajo, realizado con moscas de la fruta y publicado en la revista Nature Aging, apunta a una conclusión sorprendente: esa "memoria genética" puede mantenerse durante toda la vida.
Y eso, según los científicos, podría ser decisivo para conservar una buena salud en la etapa final de la vida.
La salud en la vejez depende en parte de lo que la persona vivió en su juventud, o incluso en el útero materno.
El Dr. Alic y su equipo demostraron que los cambios en la expresión de los genes durante los primeros años crean una especie de recuerdo biológico que sigue afectando a la salud más de media vida después.
Por qué el azúcar temprano deja huella
La investigación se apoya en estudios anteriores del mismo equipo. En ellos descubrieron que las moscas de la fruta alimentadas al principio de su vida con una dieta rica en azúcar vivían menos, incluso si más tarde mejoraban un poco su alimentación.
Según el Dr. Alic, lo que ocurre en las primeras etapas de la vida —tanto en animales como en personas— puede condicionar el comportamiento futuro de los genes. La buena noticia es que esos procesos negativos pueden corregirse, siempre que el problema se detecte a tiempo y los malos hábitos no estén todavía grabados.
Y los hábitos pesan mucho. Cuando llegamos a la edad adulta, ya cargamos con una manera de ver el mundo y un bagaje cultural que incluye qué comemos y qué rechazamos. Si nuestros padres no prestaron especial atención a la alimentación sana ni nos animaron a preferir las verduras y las frutas frente a los dulces, cambiar de rumbo resulta muy difícil.
La buena relación con la comida empieza antes de lo que crees
La introducción de la alimentación complementaria es una etapa clave en la vida de un niño. Pero nuestra relación con la comida arranca mucho antes. Está demostrado que los fetos ya distinguen sabores y muestran preferencias por ciertos alimentos desde el vientre materno.
En las ecografías se ha visto cómo, minutos después de que la madre come algo que al bebé le gusta, este esboza una especie de sonrisa. Y, del mismo modo, hace una mueca cuando percibe un sabor que no le agrada.
A partir de ahí, y hasta que somos adultos, comemos lo que nos dan en la guardería, en el colegio y en casa. El único lugar donde podemos intervenir en el menú es el hogar. Y ahí muchos padres cometen un error: para evitar conflictos, dan luz verde a que el niño tome dulces o chocolate antes de las comidas principales. Además, los desayunos y meriendas suelen basarse en bollería dulce y cereales azucarados, tampoco demasiado recomendables.
No se trata de prohibir estos alimentos, sino simplemente de limitar la cantidad dentro de unos márgenes razonables y ofrecer a los pequeños, en su lugar, alimentos ricos en vitaminas, minerales y fibra.
Salvo excepciones, incluso los más pequeños sienten curiosidad por los sabores nuevos si sabemos despertar su interés. Aquí hace falta un poco de creatividad, y es fundamental no forzar al niño a comer lo que no quiere. La comida también nos une por vínculos emocionales, y la imposición despierta en cualquiera un rechazo instintivo.
Por suerte, los científicos se muestran optimistas. Afirman que, ahora que sabemos que la memoria de expresión génica influye en la actividad de los genes durante toda la vida, es posible diseñar métodos para contrarrestar esos procesos negativos en etapas posteriores. No entraron en detalles, pero aclararon que ven la solución en un tratamiento farmacológico.
Quien prefiera evitar ese camino tiene una alternativa más sencilla: cuidar desde la infancia una buena relación con los alimentos saludables y guiar a sus hijos en esa misma dirección.
¿La alimentación en la infancia influye en cuánto viviremos?
Según el estudio, lo que comemos en los primeros años deja una huella en la actividad de nuestros genes que puede afectar a la salud durante toda la vida, e incluso influir en la longevidad.
¿Qué es la memoria de expresión génica?
Es una especie de recuerdo biológico creado por los cambios en la actividad de los genes durante la juventud. Los investigadores descubrieron que puede mantenerse a lo largo de toda la vida.
¿Se pueden corregir los efectos de una mala alimentación temprana?
Sí. Los científicos afirman que los procesos negativos pueden corregirse si el problema se detecta a tiempo y los malos hábitos aún no están firmemente instalados.
¿Cómo ayudar a un niño a comer mejor?
No se trata de prohibir los dulces, sino de limitar su cantidad y ofrecer alimentos ricos en vitaminas, minerales y fibra. Conviene despertar la curiosidad del niño sin forzarlo, ya que la imposición genera rechazo.











