La menstruación sigue siendo un tema tabú. Y cuando encima te pilla en el momento menos oportuno, lo que viene después puede convertirse en una historia que contarás el resto de tu vida. Estas son algunas de esas historias: reales, incómodas, y más comunes de lo que parece.
La salvadora inesperada
Trabajo como agente inmobiliaria y un día estaba enseñando una casa a una pareja joven — ella embarazada — mientras la propietaria, una señora de 83 años, esperaba en el salón. La regla me bajó de golpe, con una semana de adelanto. No tenía nada en el bolso, y la mancha en la falda fue inmediata.
Mandamos al marido al jardín con alguna excusa y nos pusimos a resolver la situación entre mujeres. Ni la embarazada ni la anciana tenían tampones, pero la señora me ofreció un pañuelo de tela y, lo más valioso del mundo en ese momento: un pañal de adulto. Lo acepté sin dudarlo y le estuve eternamente agradecida.
Lo que él creía que pasaba «por dentro»
En nuestras primeras vacaciones juntos, mi novio de entonces estaba preocupado por mi período. Le expliqué que con los anticonceptivos podía retrasarlo unos días. Se quedó pensativo y luego me preguntó, muy serio, si no sería peligroso que «la sangre se acumulara en mi barriga».
Es sorprendente el nivel de desconocimiento que algunos hombres tienen sobre el cuerpo femenino.
El olfato del compañero de pupitre
Empecé a usar tampones en el instituto precisamente por culpa de esto. El chico más guapo de la clase, sentado a mi lado, me preguntó en voz baja si yo no notaba «un olor raro, como a metal». Negué con la cabeza en silencio, queriendo que el suelo me tragara, mientras él pasó el resto de la hora olisqueando alrededor del pupitre como un perro de caza.
El comienzo de una historia de amor
Estaba en una terraza con mi hermana, coqueteando con un chico bastante mono desde la distancia. Llevaba pantalón blanco — sí, pantalón blanco — y de repente sentí que algo iba muy mal. El primer día de regla, el más abundante, me había pillado sin avisar.
Mi hermana estaba en la barra haciendo cola. Y justo en ese momento, el chico decidió acercarse. Se presentó y me invitó a bailar. Solo pude decirle que no podía levantarme. Cuando me preguntó por qué, no tuve más remedio que contárselo. Sin inmutarse, se quitó la sudadera, me la ató a la cintura y me acompañó al baño. Fue nuestro primer encuentro. Salimos juntos dos años.
«¿No puedes aguantarte hasta el final de la clase?»
El profesor de matemáticas no me dejaba salir al baño, así que tuve que susurrarle discretamente que necesitaba cambiarme el tampón. Su respuesta fue completamente seria: «¿No puedes retenerlo hasta que acabe la hora?»
El tirón en la playa
Estábamos en la playa con amigos. Me levanté para ponerme crema y mi novio vio el cordón del tampón asomando por el bañador. Pensó que era un hilo suelto del bikini y tiró de él. Me arrancó el tampón delante de todo el mundo.
La manta de alpaca
La primera vez que dormí en la casa de verano de los padres de mi novio, insistieron en poner en nuestra cama sus mejores mantas: unas preciosas mantas de alpaca. Yo tenía la regla y los dos sabíamos perfectamente que siempre manchaba la ropa de cama. Les pedimos que pusieran algo más viejo, pero se negaron en redondo.
Tras diez minutos de conversación circular, no me quedó otra que decirles directamente que no quería manchar de sangre sus mantas tan preciadas. Se fueron, colorados, a buscar otras sábanas.
El desmayo
Una vez me bajó la regla en pleno sexo, mientras estaba encima de él. Yo no noté nada raro, solo que de repente él dejó de moverse. Había visto la sangre en su abdomen. Y se desmayó.
El salto de longitud más memorable
Solo tenía tampones mini y los cambiaba cada veinte minutos, pero la profesora de gimnasia quería evaluarme en salto de longitud sí o sí. Tomé carrerilla, salté... y al aterrizar en el cajón de arena, el tampón salió disparado de mis pantalones cortos. Delante de toda la clase. Salí corriendo al vestuario llorando y todavía hoy me estremezco cuando lo recuerdo.
El anuncio en Facebook
Un día empecé a recibir mensajes de felicitación de gente y no entendía absolutamente nada. Hasta que descubrí que mi madre había publicado en Facebook que me había venido la primera regla.
«¡Mi niña se ha hecho mayor hoy!»
Y por si alguien no lo había entendido del todo, añadió tres emojis de gotitas rojas. (Fue también la primera vez que supe que ese emoji existía.)











